La Veranda de Rafa Rius
Funcionamos como una cebolla que vive inmersa en el caos. No es gratuito el hecho de que tantas mitologías sitúen su origen en él. El caos, esa confusión primordial difícilmente transitable no es tan solo una invención de la imaginación humana para explicar lo inexplicable sino una realidad cotidiana, verificable cada vez que dirigimos nuestra mirada a lo que está pasando. Tampoco parece gratuito el que diferentes variantes de Apocalipsis, figuren en el acto final de bastantes relatos mitológicos, como si un músico macabro hubiese diseñado un cuarto y último movimiento allegro molto vivace para la conclusión de su sinfonía sádica.
Ante mis ojos, una muchacha sola sentada en una silla de anea, toca el cello frente a un fuego en el que crepitan grandes troncos. Las llamas caprichosas parecen seguir en su danza los contornos sinuosos de la melodía. Ha hecho ella misma una adaptación de las Variaciones Goldberg y Bach se desliza sin sentir por el mástil de su instrumento. Un gran danés bosteza indolente a sus pies mientras la lluvia llora en los cristales de las ventanas. La serenidad inquieta de los momentos mágicos se instala en el ambiente, perfilando un tiempo de porcelana presto a romperse ante la aparición de cualquier elemento extraño. El fin del mundo habita otra galaxia. Todos los relojes duermen en un sueño de indiferencia como si con ellos no fuera la cosa. El bien y el mal libran muy lejos su eterna batalla. Lo que llamamos realidad es un elemento extraño y remoto.
Apenas dos manzanas más allá, se ha desatado el Apocalipsis de cada día: las calles se llenan de gritos de angustia y aullidos de nada mitológicas sirenas. Entre el humo de contenedores ardiendo y botes de gas se perfilan bajo la lluvia borrosas siluetas fantasmales que corren, luchan, caen, se levantan. Frente a ellas se alzan los contornos de extraños gigantescos seres oscuros disfrazados de androides que se abaten violentamente sobre cualquier figura con apariencia humana, golpeando con sus largos apéndices en un insólito y estéril destajo laboral.
Sobre un cielo sucio de invierno se recortan las líneas del tendido eléctrico punteadas de gorriones que forman las notas de un pentagrama inquieto y efímero. Más abajo la algarabía de los pájaros se confunde con el tráfago ciudadano. La manifestación se disuelve entre cargas y porrazos. Alguien decora con spray las vidrieras de un banco mientras en su interior, en un rincón del cajero, una mujer de edad indefinida apresta su lecho de cartones. Al lado, en una boutique de nombre improbable, un hijo de su padre duda entre una corbata de Gucci y otra de Adolfo Domínguez. Afuera, un hombre con aspecto de parado de larga duración, espera junto a un semáforo con cara de perplejidad.
Excepto los androides esbirros que no son sino Sísifos bastardos condenados a reproducir eternamente su inmundo y fétido papel, todas las escenas: la de la muchacha y su música y la de los manifestantes apaleados, la de la mujer que duerme sin sueños en el cajero y la del pijo que compra corbatas, la del que pinta los cristales del banco y la del que espera junto al bordillo no sabe bien qué, conviven en un mismo tiempo y casi en un mismo espacio.
En otro momento del espacio–tiempo los protagonistas pueden intercambiar sus papeles: la mujer del violoncello luchará en las calles y cualquier manifestante llorará escuchando a Bach junto al fuego.
Imagino la realidad, nuestra realidad, como una cebolla. Está hecha de múltiples capas superpuestas, es como un caleidoscopio perturbador en el que coexisten y se confunden de manera efímera y heterogénea diferentes maneras de vivir el tiempo improrrogable que nos ha sido dado.









































