La Veranda de Rafa Rius
Desde que las personas aprendieron a dejar constancia escrita de su existencia ha pasado mucho tiempo, pero hay un breve tramo de la Historia que también es historia y es el que abarca una vida y las vidas que hemos conocido. Dicho de otra manera: son nuestros recuerdos referidos a la historia personal y a la historia colectiva.
Visto así, nuestra breve historia personal no es más que una incierta sucesión de serendipias. El azar habita nuestros días imprevisibles y cuando lanzamos hacia atrás el anzuelo del recuerdo, sólo pescamos incertidumbres. La historia colectiva de nuestras vidas no lo es menos.
Como referencia, en mi historia personal, inserta en la colectiva, sobrevive el recuerdo de Antonio Torres, hermano mayor de mi iaia María. Obrero ferroviario y periodista en El Norte de Castilla. En julio del 36, se dio la serendipia de que el levantamiento fascista lo pilló en la zona equivocada. Fue asesinado por los fascistas tras su entrada en Valladolid por haber escrito artículos “inadecuados”. Tras dos juicios sumarísimos, ficticios y manipulados, fue fusilado y arrojado en una zanja junto al cementerio. Hace unos años apareció en una lista de asesinados por el franquismo. Ahora, sus restos reposan dignamente en el cementerio de la ciudad. No obstante, demasiados miles de cuerpos yacen todavía sin haber siquiera sido identificados. Eso no fue una serendipia, fue un monstruoso crimen masivo, planificado y ejecutado con total frialdad y ánimo genocida.
Y, por lo que respecta a la historia de la Historia, También esta llena de momentos azarosos que cambiaron el mundo que conocemos. ¿acaso no fue una serendipia el que, en un momento dado del siglo I, mientras iba camino de Damasco dispuesto a asesinar cristianos en nombre de la fe judaica, el rabino Pablo de Tarso, sufriera un ataque de epilepsia que le provocó alucinaciones, y, a partir de ahí, se convirtiera a la fe cristiana y elaborara un corpus doctrinal que fue la base de todo lo que vino después, con la consolidación de la Iglesia Católica en Roma, a partir del Siglo IV?, ¿Sería igual el mundo que conocemos sin el ataque epiléptico de Pablo de Tarso en el que se le “apareció” Jesús resucitado?
¿Sería igual el mundo que conocemos si, en la península arábiga del Siglo VII, Mahoma no hubiera fantaseado en La Meca con la visita del arcángel Gabriel y hubiera tenido que huir hacia Medina perseguido por una turba de sacrílegos politeístas, y, a partir de ese momento, con retales del judaísmo y el cristianismo, hubiera concebido el Islam?
Y, más recientemente, qué hubiera pasado si, a finales del Siglo XIX, el abogado Theodor Herzl, criado en una familia laica, creador del grupo político Organización Sionista, no hubiera fantaseado con la creación del Estado del Gran Israel, que, en principio había imaginado en Argentina, pero que, tras la caída del Imperio Otomano, decidió redirigir sus pretensiones hacia Asia Menor, hasta que los lobbies sionistas consiguieron en 1948 la creación del Estado de Israel mediante la cesión arbitraria de territorios palestinos, densamente poblados, y que ha ido ampliando hasta hoy a base de depredar territorios ajenos. Si Herzl no hubiera tenido la ocurrencia sionista y la ONU no los hubiera apoyado, ¿se hubieran salvado los miles de palestinos muertos en Gaza o Cisjordania?
Por último (pero hay muchas más) ¿si Donald Trump no hubiera abandonado su exitosa carrera como presentador en la televisión basura para dedicarse a la política, no hubiéramos tenido que soportar su estupidez criminal?
Existen encrucijadas en la Historia y en la vida, de cuya serendipia dependen en gran medida las posibles consecuencias futuras. Habrá que concluir conjeturando, que el azar y no el destino condiciona en gran medida nuestras vidas.











































