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El silencio de los corderos

La Veranda de Rafa Rius

elangelexterminadorUna de mis películas preferidas siempre fue El Ángel Exterminador de Luis Buñuel. La habré visto al menos una docena de veces y como todas las grandes obras de arte, en cada nueva visión me ofrece nuevas perspectivas, detalles o enfoques que hasta ese momento se me habían escapado, y estoy convencido que así seguirá ocurriendo en las sucesivas ocasiones en que me enfrente a su genial alegoría.

Siempre me gustó su final en el cual, tras el bucle en el que cae el grupo de burgueses que, tras el te deum de acción de gracias, vuelven a quedar “encerrados” en una iglesia con todas las puertas abiertas y tras un breve plano general de una manifestación duramente reprimida por la policía, nos ofrece un encuadre de la plaza con la iglesia al fondo y en él, aparece por el ángulo inferior izquierdo un rebaño de ovejas que cruza el plano con la cámara fija y al llegar al fondo, penetra en la iglesia mientras se sobreimpresiona la palabra FIN.

Hasta ahora, la escena final me había parecido una blasfema y genial boutade de Buñuel que se presentaba, surrealista al fin, abierta a múltiples lecturas. Despertaba mi sonrisa cómplice pero no iba más allá. En cambio, en la última ocasión en que la vi, descubrí algo sumamente importante en lo que hasta ese momento no había reparado: el rebaño de dóciles corderos que aparece en el último plano no lleva a su lado un pastor que los guíe, ni siquiera unos perros que los conduzcan. Son ellos solos, sin ayuda de nadie, los que se encaminan decididos y sumisos a la iglesia-redil. Con ello, las dos últimas y breves escenas, cobran todo su sentido: primero represión y violencia, después ya no es necesaria.

– (¡no hace falta que sus pongai así, que yo ya… yo ya… entro solito donde haga falta!)

A la luz de estas magistrales intuiciones buñuelianas, podemos entender algo mejor la realidad que nos envuelve ahora mismo. Así por ejemplo, podemos sospechar que la corrupción generalizada que abruma nuestra sociedad, no es la causa de nuestros males sino su efecto. Si no hubiésemos aceptado como sumisos corderillos entrar en los variados rediles que los diferentes poderes fácticos nos han propuesto, no andaríamos ahora pregonando la necesidad de luchar contra una corrupción que nosotros previamente hemos propiciado y permitido con nuestra pasividad sumisa. Si no nos hubiésemos dejado embaucar por mentiras como la sociedad del bienestar (de unos cuantos), el consumismo inútil y desaforado y otras sandeces por el estilo, si hubiéramos impuesto la ética de una vida digna y austera (y no por ello menos feliz) en lugar de andar votando felices y satisfechos a los mismos corruptos que ahora nos machacan, no nos veríamos en la necesidad de lamentar la que nos está cayendo.

Siempre ha sido mala cosa confundir las causas con sus efectos porque entonces sólo nos queda nuestro silencio de corderos.

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