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El fascismo que surgió de la Troika

El Vaivén de Rafael Cid

“Fuera de nosotros la funesta manía de pensar”
(La Universidad de Cervera a Fernando VII)

En el pasado siglo la teoría dominante consideraba al fascismo como la última y criminal ratio del capitalismo para defender el statu quo ante el empuje de los partidos de izquierda y el movimiento obrero. Pero cien años después, las cuentas son otras. Hoy repunta un fascismo de nuevo cuño (acepta el Estado de Israel, el matrimonio gay y el aborto, pero combate el islamismo) y al mismo tiempo apenas queda en Europa algo del combativo sindicalismo de clase, el poderoso movimiento comunista se ha extinguido y la activa socialdemocracia del Estado de Bienestar no está ni se la espera. Por tanto, la pregunta persiste: ¿por qué un fascismo del siglo XXI?

Hay respuestas obvias, causa-efecto, que le ligan al capitalismo depredador como su sombra. También cabe afirmar que el regreso del fascismo a la escena política en las hasta hace poco prósperas sociedades europeas es un reflejo de la voraz crisis económica. E incluso se puede atribuir su reaparición al vacío dejado por una izquierda institucional que, lejos de defender las conquistas sociales, se ha pasado al enemigo formando parte del problema. Pero convengamos que todas esas explicaciones siguen sin ser verdaderas razones, ya que en su lógica, inductiva o deductiva, aceptan una ciudadanía sin atributos ni valores, incapaz de resistir cualquier contingencia sobrevenida. Lo que el teorizador de la “dialéctica negativa”, Theodor W. Adorno, definía como “la destrucción de la verdadera experiencia por la sociedad burguesa avanzada y su reemplazo por conceptos inertes, administrados”, y Erich Fromm atribuía al “miedo a la libertad”.

Por eso, la indagación sobre “la cuestión fascista” debería repartir culpas equitativamente entre el capitalismo caníbal de siempre y la vigente traición a sus principios de esa izquierda franquiciada del poder que no ha sabido ni querido fomentar una cultura democrática entre la gente que sirviera de escudo contra las embestidas de los totalitarios. En su libro La imaginación dialéctica. Una historia de la Escuela de Frankfurt, Martín Jay, señalaba la trascendencia de esa desmotivación seminal al recoger una crítica sobre las limitaciones de la ortodoxia marxista. “El hecho es que el determinismo económico no puede producir fuerzas creativas ni combativas, y que si para hallar nuevos adeptos tenemos que confiar en los poderes del frío, el hambre y los bajos salarios, nunca habrá comunismo”. Se trata, pues, de lo que el sujeto quiere y no tanto de lo que el objeto obliga.

Y algo de esto parece estar ocurriendo ahora mismo. Porque las vigentes “democracias sin demócratas” no solo se muestran inútiles como antídoto al fascismo sino que, domadas en la disciplina de la heteronomía, el culto al líder, la despersonalización y la jerarquización de la actividad política, han terminado creando las condiciones mentales y estructurales para su arraigo. Para materializarlo basta cambiar de bando sin cambiar de acera. Si hasta hace pocas fechas, en la relativa estabilidad del consumismo y el Estado de Bienestar, amplias capas de la población empatizaban con el pensamiento único neoliberal, hoy ocurre otro tanto respecto a las organizaciones ultras. En ambos casos, sus respectivas clientelas buscan un jefe providencial en quien encomendarse sin complicarse la vida.

En este sentido existe una empatía entre el nazi-fascismo de entreguerras y el actual autoritarismo emergente del siglo XXI. Los dos tienen base popular, como prueba el hecho sociológicamente documentado de que el grueso electoral del Frente Nacional en Francia, por poner el ejemplo más notorio, proceda de la antigua cantera proletaria. Su recluta se ubica sobre todo entre los trabajadores, los parados y los pensionistas, antiguos votantes de formaciones comunistas y socialistas, hoy imantados por las soflamas ultras. Un “nuevo orden” que, por el módico precio de la obediencia debida, ofrece recuperar la seguridad expropiada por “políticos corruptos” y “empresarios desalmados” que destruyen empleo nativo echando mano del “ejército de reserva” formado por inmigrantes contratados en condiciones de semiesclavitud. Conviene recordar que el acrónimo “nazi” encubría una patológica promesa de “socialismo nacional”.

Tanto tiempo pronosticando el resurgir de un fascismo que intuíamos con saludos a la romana, correajes y paso de la oca, y de pronto intuimos que la amenaza viene del acople popular a unas formaciones ultranacionalistas que capitalizan la resignación de la izquierda institucional ante la corrupción y las políticas austericidas de la Europa de la Troika. De Ucrania a Francia, la primera línea de la protesta anti-neoliberal con tintes xenófobos va siendo ocupada peligrosamente por grupos filofascistas. En Kiev protagonizando la iconografía de las barricadas y en París colmando las movilizaciones callejeras más ruidosas. Procesos todos ellos monitorizados por los media del capital con sobreexposiciones calculadas que, lejos de servir como escarmiento para rehabilitar a los partidos del sistema, terminan publicitando la marca ultra ante las obnubiladas masas. Sesenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial, entre las últimas generaciones (ya es axioma que vivirán peor que sus padres) pesa más la brutal expropiación de vidas y haciendas, perpetrada por el capitalismo global y sus peones políticos, que la memoria histórica de la barbarie nazi-fascista.

Posiblemente la pleamar parafascista que acecha a sociedades tan distintas como la ucraniana, la francesa, la holandesa o la noruega deba su parte de su retranca a la esquematización como simple fuerza bruta que del fenómeno nazi-fascista se hizo por parte de una comunidad intelectual justamente sobrecogida por la atrocidad del holocausto. Sobre las consecuencias históricas de esta indigencia advirtió en su día uno de los más eminentes economistas de la Escuela de Frankfurt, Friedrich Pollock. En su ensayo Is National Socialism o New Order, contestando a los adalides del análisis monolítico del fascismo como guardia pretoriana del capitalismo, señalaba los potenciales elementos transgresores que dicha ideología abrigaba en sus alforjas: “destrucción de las características esenciales de la propiedad privada”; “una política deliberada de pleno empleo”; la sustitución “del formalismo legal por la racionalidad técnica como principio rector ” o “que la posición del individuo en la sociedad dependiera de la posición en la jerarquía social antes que de su capacidad empresarial”. Tal atrezo identitario, una especie de keynesianismo deshumanizado, explicaría la socialización negativa lograda por los ultras entre ciertos sectores de las desahuciadas clases medias y bajas.

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Un Comentario

  • El fascismo del siglo XXI no creo que sea nada novedoso. Al margen de los símbolo o imáganes que ofrezca.

    Será igual de simple, atroz, estúpido, criminal, etc.

    SALUD.

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