¡Vuela, pensamiento, con alas doradas,
pósate en las praderas y en las cimas…
(Solera, Verdi – Nabucco)
Los recuerdos del pasado que guarda nuestra memoria son sólo una historia, en buena parte ficticia, que nos contamos a nosotros mismos, mientras chapoteamos día tras día a través de la inabarcable ciénaga de la estupidez propia y ajena, comprobando a cada momento que para una persona que busca a tientas la lucidez, cualquier conocimiento sólo conduce a una mayor ignorancia.
Kalos kagathos decían los antiguos griegos: la belleza y el bien caminan indisolublemente unidos, pero ¿qué hacer cuando la belleza y el bien andan extraviados y un mal sin ningún tipo de belleza invade el mundo que conocemos? Por poner ejemplos: ¿acaso el racismo es algo ocasional o más bien es estructural, como un cáncer que en mayor o menor medida todos llevamos dentro? ¿qué bien o qué belleza encontramos en el hecho de poner en las manos de un niño un fusil? ¿qué bien o qué belleza encontramos en las interminables colas a la puerta de los bancos de alimentos o los comedores sociales? Podríamos seguir poniendo ejemplos interminablemente… ¿En qué recodo del laberinto hemos extraviado bellas palabras, bellas prácticas, como solidaridad y apoyo mutuo para sustituirlas por la pestilente caridad cristiana, una caridad que sólo sirve para apuntalar las ruinas que sostienen el tinglado de la antigua farsa y así evitar que se derrumben sobre las cabezas de los que nos han convertido en esclavos satisfechos de nuestra condición? Deambulamos perdidos en un entorno de pequeños caos desperdigados a nuestro alrededor que nos sumen en una permanente perplejidad apática y escasamente empática.
Entretanto, huyen las horas escapando de la tormenta de los días mientras descansan en un lecho demasiado ancho para su melancolía. Y es que la belleza y la verdad son pasajeras pero la mierda es eterna. A través de unas pantallas sobresaturadas, nos asaltan a diario imágenes que hacen que nos avergoncemos de pertenecer a la especie humana. Muy de tarde en tarde, alguna muestra aislada de actos generosos que hacen que nos reconciliemos con nuestros semejantes. Poco más. Sin embargo, en un contexto tal que así, no existe la inocencia. En mayor o menor medida todos somos responsables.
Ahora mismo, en ese territorio incierto al que llaman España, un Gobierno de coalición y autocalificado de progreso, al parecer se preocupa por el pasado y quiere promulgar una Ley de “Memoria Histórica Democrática” que es de prever que sea tan inútil como la anterior. 40 + 40 = 80 años tirados al sumidero de la Historia, cada cual puede recordar lo que le interese, que los muertos entierren a sus muertos y aquí no ha pasado nada que no sea tiempo. Otra ocurrencia aciaga.
Ya digo, poco más. Humo en la niebla. Entretanto, algunos siguen esperando a Godot.











































