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The long & winding road to distopía

La Veranda de Rafa Rius

distopiaSon habas contadas: si caemos en el atrevimiento de hablar del futuro, donde no hay utopía hay distopía. La distopía es el envés de la hoja de la utopía, la cara oculta de nuestros sueños. En nuestras pesadillas, en cambio, aparece como una ominosa posibilidad agazapada en un futuro siempre incierto y dotada de un elevado índice de probabilidad. Vivimos tiempos aciagos –y cuales no lo han sido- en los que la utopía siempre parece esconderse más allá de nuestro horizonte. A cada paso que damos hacia ella, parece alejarse en la misma medida. Como en la vieja paradoja de Aquiles y la tortuga que nos contaba Zenón de Elea: si para llegar a mitad de camino de nuestra utopía, debemos andar la mitad de esa mitad y antes, la mitad de la mitad de esa mitad… la senda que nos lleva a ella siempre estará llena de infinitos trayectos parciales que nos irán desanimando. Y esos trayectos parciales aparecen permanentemente sembrados con los campos de minas de las distopías.

Es un lugar común recordar lo cortos que se quedaron imaginando distopías autores como Orwell, con su Gran Hermano diseminando su ojo omnipresente por nuestras calles y su antihéroe convertido en cutre concurso televisivo. Entretanto las utopías se alían con las ucronías, se cargan de valor etimológico: ningún lugar, ningún tiempo, y parecen alejarse inexorablemente de nuestra perspectiva. En cambio las distopías ya imaginadas -Un mundo feliz, 1984, Blade Runner…- e incluso las inimaginables, parecen estar siempre esperándonos a la vuelta de cada esquina.

Si conjeturamos que el movimiento no es más que una ilusión como quería Parménides, hemos de admitir que a juzgar por nuestras actitudes frente a multitud de situaciones, parecemos darle la razón. Por momentos damos la impresión de estar sumidos en una especie de apalanque metafísico, una espacie de atolondramiento pasmao que nos incapacita para la acción. Como pajarillos hipnotizados frente a la cobra, permanecemos flipaos observando impasibles nuestra propia destrucción en medio del paisaje de nuestra personal distopía.

En cualquier caso, del mismo modo que creemos saber que en el mundo que llamamos real, Aquiles alcanzará fácilmente a la tortuga, sospechamos que ciertos sofismas, más allá de su valor de verdad, dan que pensar.

¿El largo y sinuoso camino hacia la distopía? ¡Anda shá! ¡Para ese viaje no necesitamos alforjas! No hace falta llegar a ninguna parte. Ya estamos viviendo en una distopía tan monstruosa como sutil. Hitler, Mussolini y Franco. Stalin, Mao o Kim Jong Il, les han enseñado que no se puede entrar en una determinada realidad social como elefante en cristalería. A la larga resulta contraproducente. Es mucho más operativo a medio plazo el ir implementando leyes parciales que vayan imponiendo el control férreo de las distintas realidades sociales de manera discreta pero efectiva: Hoy metemos mano a la educación, mañana a la sanidad, pasado mañana aprobamos una ley de Represión Pública… sin prisa pero sin pausa las potencias financieras que controlan el Estado, sus políticas y sus Medios de Formación se nos presentan, no con la máscara del Gran Hermano totalitario sino con la del Gran Padre Protector, tenaz defensor de nuestras libertades individuales. Y si en alguna ocasión tienen que enseñar la patita, tomando alguna medida tan descarada que les resulta imposible de enmascarar, entonces a ellos les duele más que a nadie: lo hacen porque no había otra opción y siempre argumentando que es por nuestro bien. ¡Es lo que tiene la democracia! Y pasito a pasito, como quien no quiere la cosa, ya nos han metido de bruces en la más abominable de las distopías.

En la actual situación, nos encontramos en un estado deplorable dentro de un Estado deplorable, así que, una vez decididos a poner en marcha nuestras fatigadas neuronas, a nosotros, habitantes atónitos de las más diversas distopías, se nos presenta como tarea urgente repensar la utopía.

Y ponernos en camino.

\ Segueix-nos/

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