La Veranda de Rafa Rius
“-Haga como yo, no se meta en política”
Francisco Franco al Gobernador Civil de Tarragona.
De ordinario tenemos por costumbre aceptar que la política suele estar orientada en función de una determinada ideología. No siempre es así, más frecuentemente es una cuestión de territorio. En estos momentos, las denominaciones clásicas -socialismo, comunismo, democracia cristiana- son meros referentes nominalistas desprovistos de convicciones ideológicas reales. Estamos hartos de ver cómo partidos que se acogen a una determinada denominación, ejecutan políticas en clara contradicción con sus supuestos principios. Si en algún tiempo el nombre sirvió de referencia aproximativa, desde luego ahora ya no es así. Ahora es una evidente cuestión de territorio, entendido fundamentalmente como teatro de operaciones electorales y como nicho de votantes. No importa que los programas cambien según sople el viento coyuntural o que se salgan del marco teórico en el que supuestamente han decidido situarse, de lo que se trata es de conquistar territorio enemigo. De ahí que tantos reivindiquen la centralidad como elemento de cohesión y espacio neutro donde cualquier propuesta puede tener cabida. La vieja sentencia “En el justo medio está la virtud”, parece ser su lema. Se trataría de ocupar un territorio brumoso de contornos inciertos que permita maniobrar en cualquier dirección sin mostrar excesivas contradicciones y paradojas demasiado evidentes que pudieran perjudicar sus espectativas electorales.
El ejemplo de las dictaduras es el más notorio en cuanto al fingido abandono de cualquier componente ideológico para centrarse en la total y absoluta ocupación del territorio social, pero las llamadas democracias participativas tampoco andan muy atrás en este tipo de planteamientos. A Franco le importaban poco las violentas disputas entre Falange Española y el Opus Dei porque en ningún caso ponían en cuestión su autoridad: estaban vacías de componentes ideológicos y se centraban exclusivamente en la lucha por ocupar territorios de poder. En nuestra fastuosa democracia parlamentaria no andamos muy lejos de cumplir la recomendación franquista. Parafraseando a Marx (Groucho) los principios ideológicos de un determinado grupo serán los que sean pero pueden cambiar en cuanto la situación lo requiera para así poder pactar con quien más convenga en orden a conseguir las mayores cuotas de poder posibles. El abandono de los adjetivos -Comunista, Socialista, Cristiana- en favor de sustantivos -Ciudadanos, Unión, Progreso, Democracia- o incluso de verbos -Podemos- parece apuntar en esa dirección.
En este sentido, puede resultar paradigmático el comportamiento en Catalunya de las Candidatures d’Unitat Popular. El hecho de que en último extremo hayan mantenido su coherencia anticapitalista y se hayan negado a entronizar a un personaje tan escasamente ejemplar como Artur Más, no oculta el que prácticamente la mitad de la organización esté decidida a colocar la identidad por encima de su proclamada ideología y, a cambio de comenzar el proceso hacia una mítica República Catalana, entregar el poder a quien ha dedicado su mandato a recortar derechos de todo tipo y perseguir luchadores sociales con sus Mossos d’Esquadra.
En estos días aciagos, habría que disentir de uno de los fundadores de Alianza Popular, Gonzalo Fernández de la Mora y frente a su proclamado Crepúsculo de las Ideologías, reivindicar la importancia de las ideas como soporte de una acción decidida sobre una realidad inicua que nos condena a todo tipo de precariedades.








































