La Veranda de Rafa Rius
Entre los muchos cómputos que los humanos han inventado para intentar empaquetar el tiempo, es sin duda el de las estaciones del año uno de los más cargados de sentido. Los ciclos estacionales repetidos de manera invariable desde el alba de la Historia, representan para las especies que pueblan este planeta una de las escasas formas de reencontrarse periódicamente con la tranquilidad y el equilibrio emocional que proporciona aquello conocido y esperado. La vendimia y la caída de las primeras hojas, la opulencia de los frutos en sazón, los días que se acortan o se alargan imperceptiblemente… Cada acontecimiento tiene su momento del año. Pues bien, la historia que sigue sucedió en verano.
Ella se llamaba Rosmarí, y venía de Ecuador, ese país atravesado por una raya que divide la naranja del mundo en dos mitades. Un buen día, harta de miserias diversas, gastó todos sus ahorros en un billete low cost y aterrizó en España, tierra de oportunidades al decir de algunos de sus paisanos. Tenía veintipocos años y había dejado atrás una hija al cuidado de su madre. Trabajaba seis días a la semana cuidando a una anciana gruñona pero buena gente y casi todo su sueldo lo ahorraba. Quería volver y montar allá un pequeño negocio que le asegurara su subsistencia y la de su hija, sin tener que depender de nadie. Estaba más que escarmentada y no quería saber nada de hombres.
Él se llamaba Muthana y venía del Líbano, ese país de grandes cedros en los confines mediterráneos, antaño próspero aunque asolado desde hacía demasiado tiempo por múltiples conflictos recurrentes y confusos que impedían vivir en paz a sus habitantes. Había estudiado delineación y un par de cursos de arquitectura pero la situación se había hecho insostenible porque algunos fanáticos del Islam lo tenían entre ceja y ceja, así que decidió dejarlo todo y escapar. Después de pasar por Egipto y Libia acabó, tras mil peripecias trágicas, en Italia y de allí, vaya usted a saber como y por qué, consiguió pasar a España. Era un manitas y no le hacía ascos a nada; aquí sobrevivía gracias a diferentes chapuzas ocasionales que le iban surgiendo debido su buen carácter y sobretodo a los bajos presupuestos presentados.
Sus vidas se cruzaron en un vagón de metro. Ella volvía a su piso compartido para pasar allí el escaso tiempo de su descanso semanal. Él regresaba exhausto después de diez horas reformando una cocina. Ella era pequeña, de facciones redondeadas y unos enormes ojos negros que parecían absorber cuanto se hallaba a su alrededor. Él tenía un cuerpo enjuto, una barba poblada y una hermosa sonrisa que desarmaba a cualquiera. Por la razón que fuera, desde ese día se hicieron inseparables.
Aprovechaban los escasos ratos semanales que les dejaban libres sus trabajos para verse, pasear y hablar de las numerosas carencias compartidas. Acababan durmiendo juntos en su estrecha cama y al despertar se daban el gran lujo de compartir un desayuno dominical de café, tostadas y zumo de naranja. No era la felicidad, pero después de unas vidas de desventuras continuadas, algo se le parecía.
El tiempo se deslizaba sigiloso a su lado. Así pasaban los meses sin sentir y llegó el verano. Un verano que según se comentaba, estaba resultando uno de los más tórridos que se recordaban. Volvía un sábado Muthana de arreglarle un grifo a un amigo, impaciente por encontrarse con Rosmarí, cuando una pareja de maderos, sagaces ellos y con vista de lince, lo detuvieron para pedirle los papeles guiados por su inconfundible pinta árabe y por tanto su condición de presunto terrorista. Como era de esperar Muthana no poseía los papeles que le pedían y, tras pasar por comisaria, acabó en el Centro de Internamiento para Extranjeros. Ese día Rosmarí se quedó esperando. Después de preguntar en todos los hospitales, una amiga “legal” casada con un español, llamó a la policía donde se le informó del internamiento de Muthana en el CIE y su más que probable deportación con destino desconocido. Un día de la siguiente semana en que el termómetro coqueteaba con los 40 grados, Rosmarí fue hallada muerta en casa de la anciana a la que cuidaba. La autopsia confirmó que había ingerido una caja entera de somníferos que la abuela guardaba en su dormitorio.
Entretanto, la gente seguía llenando las terrazas, las playas estaban repletas de bañistas y el verano se deslizaba imperceptiblemente hacia el otoño.








































