La Veranda de Rafa Rius
La Historia suele ser muy contumaz y en ocasiones cíclica. En ella existe un correlato que participa de las épocas de decadencia que acostumbran acompañar el final de todos los imperios que en la Historia del mundo han sido, y este correlato suele ser la entrada en escena de los bárbaros. De uno u otro signo y sin que se acabe nunca de saber con certeza en que consiste la barbarie, porque el bárbaro siempre es el otro. Y ese otro, siempre ha sido violento, depredador e ignorante. En la Grecia clásica eran todos los septentrionales, incluido Alejandro y sus macedonios. En Roma lo eran todos los que aún no habían sido conquistados para el Imperio. En la época del Califato, para los árabes, los bárbaros no eran otros que los ignorantes cristianos… y así hasta hoy mismo.
Ahora, en esta 3ª Guerra Mundial en la que andamos metidos, larvada en algunos lugares y en otros clara y manifiesta y en la que deambulamos atónitos, es difícil ubicar a los bárbaros de manera unívoca e incuestionable, así que, en estos momentos hay un relato agradecido y simplista que coloca al terrorismo –polisémica y ambigua palabra donde las haya- en el rol de malo malísimo y bárbaro paradigmático, sin que por lo general, el análisis vaya mucho más allá. Así, vemos estupefactos, meter en el mismo saco terminológico a la secta Aum que derramó gas sarín en el metro de Tokio, a la ETA y el GAL , a las Brigadas Rojas, a los grupos neonazis, a los guerrilleros kurdos, a los “lobos solitarios” que ametrallan hoteles o atropellan multitudes con un camión y a las decenas de facciones yihadistas que se dedican a colocar explosivos o autoinmolarse en nombre de Alá. Vivimos tiempos de sesgos informativos para nada inocentes. Nos cuentan profusamente los efectos pero sin detenerse a analizar en profundidad sus causas. Para que vamos a explorar a fondo la cuestión, para que vamos a andarnos con matices y sutilezas: Al fin y al cabo, todo es lo mismo, todo es terrorismo.
Quizás la novedad estribe en el hecho de que históricamente, el monopolio de la violencia indiscriminada lo detentaban los Estados. Ahora cualquiera puede adquirir un fusil de última generación por internet y liarla parda. Lo que define el momento actual es la “democratización” de la violencia y la facilidad de acceso a la masacre. Ni que decir tiene que los distintos Estados que atentan contra sus ciudadanos, nunca aparecen en la lista negra. Tampoco se considera terrorismo las decenas de asesinatos masivos que, apoyándose en el derecho a portar todo tipo de armas amparado en su sagrada Constitución, llenan de sangre cada año las ciudades estadounidenses. De la misma manera, nadie habla de terrorismo cuando un floreciente empresario, aprovechando la permisividad de las leyes laborales del gobierno de turno, deja en la indigencia a miles de trabajadores provocándoles una muerte lenta. El terrorismo, como la verdad y la mentira, también depende del cristal con que se mira.
Existen numerosos elementos en nuestro contexto social que nos dan pie a considerar que vivimos en una sociedad enferma. Y una sociedad enferma, injusta, insolidaria, autodestructiva, tiene necesariamente que producir su cuota de individuos enfermos, injustos, insolidarios y autodestructivos. La razón de que se analicen hasta la saciedad las circunstancias y las consecuencias de la barbarie pero muy pocos se atrevan a bucear a fondo en sus causas, tal vez resida en el temor a descubrir que esas causas, además de sumamente complejas, nos podrían llevar a territorios excesivamente comprometidos para el “buen orden” social imperante. Nada es casual, nadie es del todo inocente. El análisis pormenorizado y sin prejuicios de la situación, podría llevarnos a considerar que, el capitalismo salvaje, el liberalismo a ultranza, el neocolonialismo y en general, la prepotencia de unas instituciones financieras y unos Estados de un modelo de Imperio en franca decadencia, estarían detrás de los desastres del llamado de manera simplista “terrorismo”.
La indiscriminada violencia “terrorista” es injustificable e indefendible, pero no por ello los árboles deben impedirnos ver el bosque, no por ello se puede soslayar la búsqueda de una explicación. La realidad social, con toda su heterogeneidad, con todo su dramatismo, trasciende a cualquier intento de simplificación. Esto no es una película de buenos y malos.








































