La Veranda de Rafa Rius
Para Amín y Muthana
Soy Alim. He nacido y vivo en Saba’ Abkar, un pueblo cercano a Bagdad, casi un suburbio de la ciudad, cercano a la orilla del gran río. Al ser un lugar algo apartado, no había sufrido tanto los desastres de la guerra; de las guerras, pues desde que tengo memoria siempre ha habido guerra. Últimamente, por dos veces contra los norteamericanos y antes contra los iraníes, el caso es que la guerra contra quien sea se ha instalado desde hace demasiado tiempo como la forma habitual de vida para mi pueblo, aunque como digo, hasta allí no habían llegado apenas los peores desastres.
Todos éramos sunitas, menos un puñado de chiítas y unos cuantos cristianos, pero nunca habíamos tenido problemas porque tampoco éramos por lo general demasiado creyentes. Nos limitábamos a ir los viernes a la mezquita, cumplir discretamente con el ramadán y celebrar la fiesta del cordero. Poco más. Veíamos el canal de Al Jazeera porque teníamos la torre del repetidor muy cerca y en él oíamos hablar de Al Qaeda, de los salafistas, de la yihad, de atentados y de luchas entre hermanos musulmanes, pero la verdad es que nos parecía algo lejano, como si siempre pasara lo más terrible en otros barrios de la ciudad, desde luego hasta el pueblo no había llegado nada de eso.
En el instituto estudiaba para técnico en instalaciones petrolíferas que era algo para lo que según decían siempre había demanda y como en mi familia siempre andábamos cortos de dinero, decidí dedicarme hasta que acabara los estudios, a hacer de guía turístico para periodistas, diplomáticos y los pocos extranjeros despistaos que pudieran dejarse caer por Bagdad con la que estaba cayendo. Les enseñaría las ruinas del palacio de Sadam Husseín, lo que quedaba del Museo Nacional, o el palacio de los Abassíes junto al parque de Zawra; cosas así.
Mis sensaciones cambiaron cuando empecé a salir más a menudo de Saba´Abkar para buscar ocasionales extranjeros a los que poder camelar. Conforme me alejaba de la seguridad de mi pueblo para adentrarme en el vientre de la gran ciudad, iba descubriendo decenas de indicios de una situación terrible a la que la gente parecía haberse acostumbrado dando la impresión de hacer su vida habitual. En el mercado de Sadriyah, junto al esqueleto calcinado de un coche bomba abandonado, pasaban hombres y mujeres apresurados con sus bolsas repletas de los víveres ocasionales que habían podido conseguir para el fin de semana, mientras otros, parados junto a los soportales, fumaban y parecían hablar de las pequeñas cosas de la vida. Aparentemente, se diría que no pasaba nada. El horror se había instalado de tal forma en lo cotidiano que se vivía como un avatar más en la vida que llevábamos.
La ciudad que se había convertido en un centro político, económico, cultural y artístico de primer orden, la ciudad que en el siglo IX era una de las mayores urbes de la Tierra, con una población estimada de 700.000 habitantes o incluso más, una población sólo comparable a Constantinopla o Chang’an. El Bagdad de Las mil y una noches, de los zocos multicolores y abigarrados, las airosas mezquitas, los palacios, las bellas mujeres cubiertas apenas con el hiyab, de los comerciantes que remontaban el Tigris trayendo naranjas y pistachos; kilims, sedas y alfombras…
Ahora, todo eso tan solo forma parte del casi olvidado recuerdo de tiempos más felices. La realidad de nuestros días está hecha de odio, de sangre, de cadáveres descuartizados y chatarra calcinada. Vivimos sabiendo con toda certeza que en cualquier momento de cualquier día al ir a la compra o mientras paseamos por el zoco, podemos saltar por los aires.
Decían que cuando se fueran los yankis, la cosa cambiaría, que nosotros solos nos apañaríamos mejor y la situación iría evolucionando, devolviendo a Bagdad a lo que siempre fue pero lejos de eso, la gente sigue muriendo en salvajes atentados y el panorama se presenta cada vez más complicado.
Chiitas, Sunnitas, Kurdos, Cristianos… ¡Qué más da! Nadie parece entender nada mientras el horror nuestro de cada día se va haciendo insoportablemente eterno.








































