La Veranda de Rafa Rius
No hay nada más allá de esta nube de átomos y células que nos conforma. La materia que somos. La energía que nos constituye y nos envuelve. Nada más que esas fuerzas regidas por un azar ciego. Nadie nos mira. Hablamos. Nos repetimos unos a otros palabras tan sonoras como vacías, para ocultar ese otro gran vacío de ignorancia que nos envuelve mientras dura el breve paréntesis de nuestras vidas.
Nos dotamos de unas ciertas reglas, unas normas básicas para orientarnos en medio del caos. Una de ellas es no matar. Ni siquiera el Estado con sus leyes, él menos que nadie, debería poder matar. Si aceptamos que se puede matar, si la vida, incluso nuestra propia vida, no es inviolable, entonces se puede matar siempre y de cualquier modo. Entonces se puede hacer todo porque no existen más límites que los del mundo físico. Entonces las masacres, entonces las Torres Mellizas, entonces Atocha, Londres, París, Bruselas, Orlando, Estambul, Niza… Pero también Alepo, Bagdad, Kabul… no son más que la consecuencia lógica de nuestro libre albedrío.
¿Podemos hablar de asesinatos justos como algunos malvados hablan de guerras justas? ¿Podemos decir que determinadas personas no sólo merecen su muerte sino su consumación? Porque si es así, entramos en el resbaladizo terreno de la subjetividad ética. ¿Quién decide en que situación está justificada la muerte? Un ejemplo: La masacre en la discoteca de Orlando ha suscitado el horror y la repulsa más absolutos y generalizados porque, además, a los crímenes se unía la más execrable homofobia -una obviedad: también existen homosexuales homófobos- pero bastantes de los que condenan los hechos sin paliativos, han asistido con total normalidad a la reciente aprobación de una nueva Ley de Pena de Muerte en un Estado como Florida que es el segundo de EEUU por número de ejecuciones. En la misma línea, después de los sucesos de Estambul y Ankara y el supuesto y frustrado golpe de Estado, el dictador demócrata Erdogan ha argumentado (¿?) la necesidad de reinstaurar la pena de muerte en Turquía. ¿De qué estamos hablando? ¿Establecemos categorías? ¿Es más justo despojar de la vida cuando lo hace el Estado? Al parecer sí. Estado, como el agente 007, tiene licencia para matar.
En cualquier caso la muerte acecha por doquier. La extrema derecha de toda la vida, eso que últimamente algunos se obstinan en llamar “populismo” para despistar y de paso meter en el mismo saco a la derecha más fascista, y a lo que ellos consideran extrema izquierda (con una explosiva mezcla de mala uva e ignorancia, porque tachar de populistas extremistas e izquierdosos a Podemos es a todas luces un insulto y una hipérbole desmesurada) la derecha más extrema, el fascismo de siempre, impone su sinrazón en numerosas geografías. Curiosamente -o no tanto- la mayoría de países europeos con gobiernos “democráticos” de tintes fascistas, se encuentran en Estados donde no hace tanto, en las escuelas se educaba a sus actuales dirigentes en la pedagogía supuestamente socialista. En la misma Alemania, los grupos neonazis más potentes se encuentran en la antigua RDA. En la Francia de las libertades, el Front National de Marine Le Pen augura una victoria en las próximas presidenciales, con lo que no sería descabellado conjeturar la posibilidad de ver de nuevo alzarse la guillotina en la Place de la Bastille…
Así las cosas, teniendo en cuenta que de momento estamos solos en el seno de un universo impenetrable y en su mayor parte mudo, donde la única evidencia es la magnitud de nuestra ignorancia, la única lucha plausible es reivindicar la sola humilde herramienta que poseemos: la razón. Y apoyados en ella, reivindicar la vida como evidencia efímera y rechazar la muerte –a no ser que sea libremente autoinfligida- venga de donde venga; tanto da que proceda de un fanático idiotizado como de un Estado cargado de leyes autojustificativas.
En los currículos de todas las escuelas debería figurar como elemento troncal y transversal el estudio de la vida desde todos los ángulos posibles, reivindicando la necesaria dignidad para todos los que habitamos este planeta y enfrentándonos a la evidencia de que, como diría James Bond, sólo se vive una vez.








































