La Veranda de Rafa Rius
Es curioso que Francia, un Estado fuertemente centralista y al decir de muchos viajeros, muy pagado de su “grandeur” hasta el punto de haber acuñado el término “chauvinismo”, haya sido el que en los últimos cincuenta años, las más de las veces en solitario, ha dado más la tabarra con lo de “L’Europe Unie”, una entelequia que, partiendo de la Comunidad Europea, se supone que llegaría con el tiempo a convertirse en una especie de Estados Unidos de Europa.
Pues bien, de momento nada más lejos de la realidad: al parecer, en estos momentos el llamado Viejo Continente se está descosiendo inexorablemente por muchas de sus costuras. Más allá de declaraciones retóricas y lugares comunes políticamente correctos, nadie parece muy interesado en que la idea de Europa tenga visos de realidad en un futuro inmediato. En las postrimerías del Siglo XX, las terribles guerras que asolaron los Balcanes y los procesos de descolonización soviética en Europa del Este, proporcionaron suficientes dosis de realismo sucio a todos aquellos idealistas que creyeron en la posibilidad de una Europa común y solidaria.
En la actualidad, la acción dramática se desarrolla en tres ámbitos esenciales: la situación en Grecia, la guerra entre Ucrania y la Rusia de Putin y -last but not least- el auge de los nazionalismos y la xenofobia. Estos tres relatos de terror, amén de otros secundarios, todos ellos con un subtexto notoriamente económico, están hundiendo irremisiblemente la remota posibilidad de una integración europea.
Vayamos por partes. Por lo que se refiere a Grecia, si su actual gobierno se mantiene firme -y nada indica que no lo vaya a hacer- en cuanto a mantener su soberanía y no aceptar imposiciones en forma de ajustes, recortes y pago incondicional de su deuda externa, cabría conjeturar que su salida del Euro y consecuentemente de la UE es un horizonte plausible. Y no vale con repetir como un mantra su escasa relevancia económica y demográfica en el conjunto de la CE, porque a cambio, su importancia simbólica -intangible pero muy potente- como cuna de la idea y hasta del nombre de Europa, supondría una grieta quizás irreparable en el ya muy dañado proceso de construcción europea.
En cuanto al conflicto ucraniano, claramente originado en la caótica desintegración del Estado soviético, que supuso el trazado de unas fronteras más arbitrarias de lo que resulta ya de por sí cualquier frontera, y que sumado a la existencia de numerosas poblaciones desubicadas como consecuencia de las migraciones forzosas que en tiempos de Stalin pretendían lograr el cumplimiento de sus planes quinquenales, han provocado el enquistamiento de un conflicto que, unido a los intereses del imperialismo desmadrado de Putin y su nostalgia de la Gran Madre Rusia, dibujan un panorama negro para los eternos perjudicados de siempre, que pasan inexorablemente a engrosar la lista de víctimas de esta maldita guerra.
Por último, en el fondo de la cuestión y como caldo de cultivo que permite y fomenta la aparición de un virus destructor de cualquier clase de convivencia fértil y pacífica, padecemos el rebrote del nazionalismo inevitablemente xenófobo que en los últimos tiempos está proliferando como una mancha de aceite putrefacto que se extiende con rapidez en la mayoría de territorios de la vieja Europa. En este contexto patológico, el enemigo siempre es “el otro”, un “otro” con diversas caras en función de las peculiaridades sociológicas del momento y el lugar. Para Amanecer Dorado son los albaneses; para Pegida en Alemania son los turcos y la población islámica en general; en Hungría y Chequia los gitanos; para el Front Nacional francés, los magrebies; para la Lega Norte los italianos del Sur… Prácticamente en todo el continente menos en nuestra amada España porque aquí -preguntémosle a cualquiera- no somos racistas…
Tal como está el patio, mientras estas tres situaciones nefastas se perpetúen -y no tienen visos de solución a corto plazo- la idea de una construcción europea se aleja inexorablemente hasta perderse en el horizonte de aquello más improbable. Quizás, visto lo visto y si la cosa sigue por el mismo camino, no resulte algo a lamentar demasiado.








































