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La vida entre pantallas

La Veranda de Rafa Rius

 

La pulsión escópica, ese deseo incontrolable de ver, pega la mirada a la pantalla y apaga el cerebro. A las industrias digitales les gustaría transformar a los usuarios de la información en un ejército de sonámbulos tambaleantes entre fotografías de gatos y secuencias de masacres.
Benoît Bréville y Pierre Rimbert, – Le Monde Diplomatique

 

Desde el inicio del tercer milenio, pasamos cada vez más la vida entre pantallas. Pequeñas, medianas o grandes. De la televisión al esmartfon y del esmartfon a la tablet, vamos cambiando de formato pero no de contenido. En todos ellos el medio es el mensaje, es decir, el medio nos afecta y condiciona, no sólo por el mensaje que transmite, sino por las características del medio en sí. Si eso era básicamente cierto en 1963 cuando lo publicó McLuhan, ahora lo es en mucha mayor medida.

En estos momentos, en todos los países occidentales y en buena parte de las sociedades de los países llamados emergentes e incluso en menor medida en los de menor renta per cápita, las pantallas colonizan y condicionan nuestras vidas. En nuestro contexto social, es ya un tópico recurrente sorprenderse y hasta reírse del uso masivo (y abusivo) que se hace de la pantalla del móvil en cualquier circunstancia incluso en las más insólitas o inapropiadas, pero su avance en la colonización de nuestras vidas es cada vez más imparable. Y en este proceso acelerado nada es gratuito ni inocente.

En ese mundo de las pantallas, medra el ámbito de la IA, una inteligencia artificial de semántica difusa que alcanza regiones insospechadas de nuestra cotidianeidad. Y como decía, no es para nada inocente, dado que, en casi todos los casos, es un cosmos líquido pero sujeto a un férreo control; regido y dirigido, a mayor honra y gloria de aquellos que controlan Mercado – Capital.

En estos momentos, la mayoría de actividades diarias que manejan bases de datos e información se gestionan mediante pantallas, desde los cajeros automáticos bancarios hasta la obtención de billetes de transporte público, pasando por el acceso a la información y los trámites de la mayoría de servicios de la Administración. Llega hasta tal punto el despotismo deslustrado de la colonización cibernética a través de las pantallas que las personas que no poseen las habilidades necesarias para moverse en lo que para ellas es un inextricable laberinto, no pueden acceder a esos servicios o tienen que recurrir a la solidaridad de otras personas que pasaban por allí.

Numerosas obras de ciencia ficción que auguraban una sociedad poblada de pantallas, han devenido naifs, pues la realidad ha superado ampliamente cualquier previsión al respecto y la solitaria pantalla con la que el Gran Hermano orwelliano controlaba la vida de sus súbditos, nos resulta casi entrañable en su ingenuidad. En las calles de Shanghay hay instalados cerca de 13 millones de cámaras de vigilancia ciudadana y en toda China llegan a los 540 millones (373 cámaras por cada 1000 personas) todo ello con sus correspondientes centros de control y vigilancia repletos de pantallas en los que graban y chequean todo lo que pasa y pasea la ciudad en tiempo real.

Mención aparte merecería el tema de los niños y las pantallas. Casi desde sus primeros meses de vida consumen, junto al biberón o la leche materna, aquello que les ofrecen las diversas pantallas, creando así una dependencia intransitiva y unidireccional que ya no les abandonará. En el mundo infantil, cada vez más, los juegos van siendo sustituidos por los videojuegos y cuando llegan a la edad escolar, las pizarras o las libretas van dejando paso a las pantallas. En un esfuerzo titánico, las Administraciones educativas van dotando a las aulas de ingentes cantidades de tablets para difundir a través de ellas los contenidos didácticos con lo que el profesor, lejos de cualquier rol tradicional, deviene un mero apoyo informático.

Así las cosas, no se trataría de dotar a esta reflexión de un sentido ético o que suponga un juicio de valor, entre otras cosas porque sería inútil; se trataría en cualquier caso, de constatar lo que hay para que cada cual saque sus propias conclusiones y actúe en consecuencia.

Porque las pantallas, con todo lo que muestran y al tiempo ocultan, es obvio que han venido para quedarse.

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