La Veranda de Rafa Rius
Parafraseando el viejo chiste de locos un campesino judío y otro palestino disputan:
El judío:
“- Vete de aquí que esta tierra es mía porque me la ha prometido Dios”
Y el palestino
“- Mentira, Yo no te he prometido nada”
Esto que va a continuación es un alegato antisionista. Se ruega no confundir con antisemita o antijudío. Los judíos conforman una etnia y una cultura, totalmente respetables –faltaría más- y en las que hay de todo como en botica. El sionismo en cambio es una suerte de ultranacionalismo religioso exacerbado y fanatizado, sumamente peligroso para cualquier gentil que no tenga la fortuna de pertenecer al pueblo elegido por un Dios de su exclusiva propiedad, único, omnipotente y por supuesto infalible e incuestionable.
Los sionistas basan, no sólo sus creencias sino sus actitudes frente a las más diversas situaciones vitales, socio-políticas, incluso económicas, en los dictados del Libro de los Libros, la Biblia, un compendio de elementos mitológicos y lleno por tanto de metáforas, alegorías e interpolaciones de todo tipo y que, no obstante, es tomado al pie de la letra como si de un texto científico se tratara.
El hecho de reivindicar supuestos derechos territoriales –y conseguirlos- a partir de lo que se recoge en un libro de mitología, entra de lleno en el surrealismo más delirante. Cualquier día de estos me presento en Itaca como descendiente de Ulises y exijo mis derechos sobre la isla. Muchos de los que dicen comprender las exigencias sionistas sobre el territorio palestino, se echan las manos a la cabeza o les da la risa, cuando oyen hablar a algunos grupos islámicos fanatizados, de sus reivindicaciones sobre Al Ándalus, que al fin y al cabo es un episodio mucho más reciente.
Todo grupo humano enclavado en un determinado territorio debería tener en todo momento el derecho de autodeterminar su futuro y decidir su forma de organización social, así como dónde y cómo desea integrarse, si es que desea hacerlo. Una vez establecido esto, cualquier intento de remitirse a viejas leyendas o hechos históricos pretéritos para sustentar demandas territoriales o privilegios políticos, debería ser considerado un puro delirio patológico. Tanto da que sean los cuatro dedos ensangrentados de Guifré el Pilós deslizándose sobre una roca y dando origen a Catalunya como las demandas islámicas al reclamar la herencia cordobesa del califato de Abderramán I, cualquier intento en ese sentido no son sino genuinos desvaríos sin posibilidades de concreción real.
Lo que diferencia las pretensiones sionistas de otras similares como las citadas, es el hecho tan inverosímil como cierto del éxito de su intento.
A todo lo largo y ancho del planeta existe un buen puñado de etnias, desubicadas, desplazadas, discriminadas y colonizadas por otros Estados. Los mismos judíos, contaban con significativas minorías integradas en la sociedad de distintos países de cultura árabe, desde el Magreb hasta Turquía, incluida la propia Palestina. ¿Cómo es que, caso insólito, consiguieron de las antiguas potencias coloniales la creación artificial –de facto y de iure- de un Estado artificial y confesional en un territorio ya densamente poblado, atropellando los derechos de la población palestina autóctona?
Es de suponer que en la decisión tomada, no pesó tanto la visión romántica de la nueva Sión recuperada, como otros factores mucho más prosaicos. La vuelta al Monte Sión conquistado por David y prometida por Yavéh, es tan solo el relato mítico concebido para arropar sus tropelías. La justificación del desatino trágico de la creación del Estado de Israel, que nos ha llevado a 65 años de continuo horror cotidiano, tiene otras coordenadas mucho más tangibles y materialistas.
La explicación que se ha dado por buena es la de la compensación por los sufrimientos del pueblo judío en el holocausto nazi, la shoáh. Siendo incuestionable el salvajismo genocida de los ideólogos nazis partidarios de la descabellada solución final para hacer desaparecer físicamente a todo un pueblo, no deberíamos desdeñar algunos matices. En la sociedad judía, obviamente, también hay clases: algunas de las familias de grandes banqueros e industriales judíos alemanes como los Rostchild, mantuvieron una relación cuando menos ambigua con el régimen nazi y ninguno de los que se quedaron fue molestado. Posteriormente, apoyándose en otras poderosas familias judías emigradas a EEUU como los Rockefeller, protagonizaron el llamado milagro económico alemán. Todas estas familias apoyaron de manera entusiasta desde principios del siglo XX el movimiento sionista. Por otra parte, tampoco parece ajeno a la aparición del Estado de Israel en 1948, el interés geoestratégico de las potencias occidentales, singularmente EEUU en plena guerra fría, por mantener una cuña prooccidental en pleno polvorín de Oriente Medio y muy cerca de las fronteras de la URSS.
Sea como fuere, el relato mitológico coexiste con la cruda y fría realidad y en demasiadas ocasiones le sirve de coartada. Bueno sería olvidarse por un momento de biblias, davides y siones, de mahomas, alás y alís y centrarse en que las vidas de las personas –de todas las personas- que habitan en esos convulsos territorios, alcanzaran un mayor grado de dignidad y una miajita de felicidad.








































