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La Santa Tradición

La Veranda de Rafa Rius

imgres-2Muchos aspectos insólitos del contexto sociopolítico de ese territorio conocido en la actualidad como España, resultarían difíciles de entender sin la aportación de un conjunto de tradiciones tan ancestrales como irracionales que la Iglesia Católica ha ido inoculando en las arterias más profundas del inconsciente colectivo -en muchos casos fagocitándolas de otras culturas preexistentes- durante casi dos mil años y que tan difíciles son de erradicar apelando sólo a la razón o con un simple acto de voluntarismo bienintencionado y vano.

En demasiadas ocasiones podemos comprobar cómo las supersticiones más delirantes son tomadas como referente incontestable del acontecer humano y se convierten en piezas fundamentales para conformar y cohesionar la vida en común. Festejos, romerías, fiestas “patronales” y celebraciones de todo tipo están impregnadas de tautologías falaces del tipo: “siempre ha sido así” o “ es la tradición”. Aunque tengan orígenes tan atávicos como los toros o el fuego, estén relacionadas con espacios comerciales como las ferias agrícolas o de ganado o con los cambios estacionales de solsticios y equinoccios, la Santa Iglesia Católica las ha recuperado sin ningún pudor, poniéndolas bajo la advocación de algún Cristo, Virgen o Santo. En ellas el sadomasoquismo, la misoginia o el maltrato animal -cuando no la escatología más procaz como las claras alusiones sexuales en València de les “piuletes” i els “tronadors”, que el 9 d’octubre es puesta bajo la protección de Sant Donís- suelen ser elementos constitutivos fundamentales, contando con la coartada de la llamada “cultura popular” y todo ello adecuadamente bendecido por las autoridades locales correspondientes, tanto religiosas como civiles.

Como ejemplo de que en todas partes cuecen habas, he tenido la oportunidad de escuchar de viva voz el testimonio de viejos compañeros de la CNT que, con ocasión de la quema de iglesias en el año 36, contaban cómo en un determinado pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, el sindicato local formó un piquete para defender a la Virgen del lugar del asalto de los incendiarios: “- Id a quemar las de otros pueblos, pero esta no se os ocurra tocarla”. Incongruencias de este jaez, podríamos encontrar a cientos, tanto en la historia como en la actualidad.

Sin esa aquiescencia tan entusiasta como interesada no se entendería que una sociedad abrumadoramente laica en sus actos cotidianos y seducida por los oropeles consumistas de la sociedad del espectáculo, no deje de pasar asiduamente por la iglesia parroquial, semivacía en sus ritos semanales pero repleta para celebrar adecuadamente sus bautizos, comuniones, bodas y funerales. Es de ver cómo en las fiestas de cada pueblo, conspicuos ateos no olvidan desfilar en la procesión, tras la imagen del santo, el cristo o la virgen correspondiente. Al parecer no pueden permitirse la frivolidad de no ser vistos por sus vecinos con ocasión de tan magno evento, sobre todo si tienen intención de presentarse a unas elecciones.

Si en ocasiones hemos conjeturado que el miedo está detrás de que tantos trabajadores, buena parte de ellos en paro, tantos pensionistas precarios, formen -en clara contraposición a sus intereses- un componente determinante de los muchos millones de votantes de partidos de derechas, del mismo modo podríamos concluir que el temor a ser vistos como diferentes y “raros”, el miedo a salirse de la norma consuetudinaria “libremente” aceptada se esconde tras muchos comportamientos sociales en principio incomprensibles.

Estos rituales irracionales de socialización fuertemente codificados y enraizados es muy posible que estén detrás de tantos y tantos comportamientos difícilmente explicables. Es por ello que antes de intentar cambiar las cosas desde fuera, parapetados en nuestra lógica incontestable, deberíamos intentar comprender los parámetros que rigen unos hechos que nos pueden proporcionar pistas para intentar dilucidar algunas de las complejas razones de tanta sinrazón. De nada sirve ser condescendientes y situarse más allá del bien y del mal. Sin un sencillo acercamiento -que no integración- con una mente abierta a observar y entender -que no justificar- es difícil que podamos hacernos una idea aproximada del absurdo que prevalece en tantas manifestaciones de lo social. Es posible que con ello pudiéramos descubrir cómo luchar contra tan denodado oscurantismo y de paso ahorrarnos más de una desmovilizadora decepción.

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