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La constante Lampedusa

La Veranda de Rafa Rius

elgatopardoDesde que hace más de 50 años, Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa y duque de Palma di Montechiaro redescubriera en El Gatopardo la frase famosa –“si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”- y la pusiera en boca de su personaje central Fabricio Corbera, Príncipe de Salina, la dichosa sentencia ha pasado a ser talismán de la estrategia política en los más variados contextos y situaciones. Igual de útil para un roto como para un descosido, ha servido como referencia y guía de actuación para un sinfín de políticos y legisladores.

El convencimiento por parte de la aristocracia siciliana de que con la llegada de las tropas de Garibaldi a la isla en 1860, nada iba a cambiar sustancialmente y que la nueva burguesía, aliada por vía matrimonial con la aristocracia, no iba a permitir que la sangre llegara al río y los cambios fueran más allá de lo aparente, ha servido de paradigma extrapolable a multitud de situaciones distintas y distantes.

Hasta tal punto ha sido así que la formulación lampedusiana ha devenido en una constante que podemos encontrar en prácticamente todas las iniciativas que los políticos de las más variadas tendencias llevan a cabo.

Se trataría en cualquier caso de hacer equilibrios y malabarismos para lograr dar la sensación de que se está haciendo “algo” por mejorar las cosas -y de paso justificar cargos y prebendas- sin que ningún aspecto fundamental o radical de los que conforman la realidad sea cuestionado y se vea en peligro real de desaparición o modificación sustancial. La Constante Lampedusa debería ser –si no lo es ya- asignatura troncal en los estudios de Ciencias Políticas, dada su condición de panacea.

Últimamente, en eso que llaman España, cuando la situación socioeconómica de los más en precario se deteriora cada día de manera imparable, estamos asistiendo a variados intentos de cambiar el maquillaje de la realidad, a ver si nos distraemos de lo que nos afecta día a día y nos ocupamos en dilucidar la condición sexual de los ángeles.

Podríamos encontrar ejemplos de ello en los ámbitos más diversos, pero nos detendremos en uno que en estos aciagos días nos está castigando de manera especial las neuronas. Me refiero a la importantísima cuestión del rey, sus deterioros de todo tipo y las posibles alternativas en la jefatura del Estado. A mí que no soy muy de Jefaturas ni de Estados, en principio la cosa me la trae al pairo, pero en cualquier caso sirve de ejemplo de lo que llamábamos la Constante Lampedusa.

Tremendo debate se ha montado en todos los llamados mass media acerca de si, dada la mala salud del rey y su querencia por los quirófanos, sería el momento de abdicar en el príncipe (en el de Lampedusa no, en el otro) incluso, algunos osados hablan de revisar la Constitución e iniciar un proceso que nos llevara a una votación sobre la forma de Estado y abriera las puertas al advenimiento de una 3ª República.

Más allá del hecho de que el resultado de la susodicha votación no estaría tan claro como algunos piensan, a juzgar por las mayorías absolutas del PP, habría que tomar en consideración adonde nos llevaría una victoria republicana. Los señores de la patronal española lo tendrían tan claro como el Príncipe de Salina: ¡hay que cambiar!. Queréis República, pues tomad República; eso sí, siempre que no afectéis mi bolsillo o mis privilegios. Si me tocáis mucho las narices, llamo a mis amigos banqueros para que subvencionen a mis amigos militares y rompemos la baraja. Remember el 36.

El statu quo no es sagrado: si hay que cambiar, se cambia lo que haga falta siempre que sea para conseguir que todo siga igual.

Quizás a nuestros amigos lampedusianos se les escapa un pequeño detalle porque no han acabado de leer la novela. En ella, al final, Concetta, tras la muerte de su padre el Príncipe de Salina, toma en sus manos el cuerpo simbólico y putrefacto de Bendico, el gatopardo disecado mascota de la familia, y lo arroja por la ventana. Pues eso.

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