La Veranda de Rafa Rius
Dicen que hay muchas personas que sólo mantienen su fidelidad inquebrantable al equipo de fútbol de sus amores, desde el nacimiento a la muerte, inasequibles al desaliento. Pues bien, en eso que llaman España, desde hace un tiempo considerable, existe al parecer otro elemento de la realidad que suscita también una fe indestructible: se trata del conocido como Partido Popular. Habitan este Estado unos seis millones de júligans del PP que fidelizan su voto más allá de cualquier contingencia; es más, parece ser que cuantos más corruptos le salen a la luz, más mordidas, más comisiones ilegales, más financiación mafiosa… con más fruición y deleite van a votar a su partido del alma.
Cual feligreses de un dios inasequible a la duda, hacen colas interminables frente a los colegios electorales y votan piadosamente cuantas veces son convocados. Con toda probabilidad, ignorarán los principales puntos del programa de su partido y las razones de su adhesión no van más allá de cuatro tópicos que repiten sin cesar como un mantra que les protege de adentrarse en más complicados vericuetos mentales. Si por un infausto azar se nos ocurriera pedirles que argumentaran acerca de sus convicciones para intentar entender algo de sus dogmas de fe, es muy probable que comenzaran a hablar de manera entrecortada, elevaran desaforadamente el tono de voz tildándonos de rojos y ateos o, directamente, nos dejaran con la palabra en la boca.
Si tomamos en consideración que la inmensa mayoría de sus votantes forma parte del colectivo de los directamente perjudicados por sus reformas y recortes, todavía resulta más insólito el panorama, a no ser que lo expliquemos a través de alguna extraña especie de masoquismo social:
“ – Recórtame un poquito más, roba todo el dinero público que puedas, bájame la pensión y te garantizo mi voto”. Ahora que se acercan las enésimas elecciones en poco más de un año y según todas las previsiones el PP sigue contando con ese suelo de seis millones de votantes del que es muy difícil que se apee y dado que no es un fenómeno que disfrutemos en exclusiva, ya que con toda evidencia el fantasma de un fascismo convenientemente maquillado y adaptado a los distintos contextos, recorre Europa de Norte a Sur y de Este a Oeste, aprovechándose, como ya hiciera Hitler, de las contradicciones de la llamada democracia parlamentaria cabría preguntarse por las raíces más profundas de la situación.
En todo caso, más allá de impensables recetas mágicas, podríamos llegar a conjeturar que cualquier intento de desbloquear la situación pasaría por replantearse si la actual forma de organizar la sociedad y sus políticas es la única posible, si un Parlamento al servicio y bajo el control del Capital, es un tótem incuestionable o si por el contrario existen otras formas de democracia que, soslayando Estado como paradigma indiscutible, empezando por los ámbitos humanos más pequeños, permitieran una mayor y mejor participación de todos en los asuntos públicos. Es un camino largo y complicado pero, tal como están las cosas, teniendo en cuenta el bucle lúgubre en el que nos hallamos instalados, tal vez resulte insoslayable comenzar a caminarlo.








































