La Veranda de Rafa Rius
«La investigación de las enfermedades ha avanzado tanto, que cada vez es más difícil encontrar a alguien completamente sano» Aldous Huxley.
CUANDO las gotas de sudor descienden copiosas por tu frente, cuando algún carnívoro hambriento -que, de alguna extraña manera, eres tú mismo- muerde con fuerza en un punto concreto de tu anatomía, cuando el miedo te vacía el estómago y se instala omnipresente en lo más profundo de ti, ¿qué hacer con todas esas pretendidas seguridades, con esas supuestas obviedades que no son tal? ¿Dónde van a parar los sabios discursos escépticos y distanciados con que intentas proteger tu precario equilibrio? ¿A quién pretendes engañar sino a ti mismo?
Harto complicado resulta el «mirar los ojos claros de la muerte» que decía el poeta y sos¬layar el hecho ineluctable de la previa convivencia con la enfermedad y el sufrimiento, con el proceso de continua degradación que llevan implícito. Si el paso de la vida a la no vida -fuere ello lo que fuese- no supusiera para nosotros sino un simple trámite de desaparición, sin condicionantes previos -algo así como quien desconecta un mecanismo- más llevadero posiblemente, nos resultaría el asunto.
Pero no, excepto unos pocos afortunados que mueren durante el sueño o de repente y de manera rápida, el común de los mortales, tal parece que estamos condenados a deambular, perdidos, jodidos y atónitos, por las largas y oscuras sendas del dolor y la enfermedad, como preliminar inexcusable de un final más que sabido. Y eso, contando con que tengas la suerte de poder sufrir y morir con dignidad, y no caigas en manos de uno de esos chapuceros sin entrañas que acostumbran a merodear en manadas predadoras por las salas de los hospitales, en medio de las miradas furtivas o suplicantes, las lágrimas y la angustia. Uno de esos que, amparado en unos supuestos conocimientos «científicos», y en un supuesto juramento ético que ellos son los primeros en transgredir cuando así se lo aconseja su bolsillo o su capricho, se dedican a torturar al paciente paciente y a sus allegados, con sofisticadas estrategias destinadas a alargar el sufrimiento, aun a sabiendas de su perfecta inutilidad y sin otro fin anunciado que no sea el confinar al desdichado en una cama o silla de ruedas por tiempo indefinido, sumido en un estado de «no vida» vegetativa e indigna y sin ni siquiera tener la posibilidad de autoadministrarse una muerte honorable. Todo ello, a la mayor honra y gloria del poder farmacocrático internacional, de los grandes laboratorios transnacionales y de aquellos carroñeros miembros de la clase médica que forman su interesada corte de honor. Parafraseando la estúpida frase:
«mientras hay vida, hay esperanza», cabría decir con más propiedad:
«mientras hay vida, hay negocio».
Así que los que no creemos en paraísos transterrenales y menos aún en un dios justo y por tanto tenemos fe en que cuando esto se acabe estará todo el pescao vendido: ¿Qué podemos hacer si, por el azar de un infausto aunque no improbable destino, nos vemos metidos en semejante mierda? Me temo que, más bien poca cosa: tan sólo desquiciarnos con nuestra impotencia, blasfemar abundantemente -eso siempre es bueno pal cuerpo y el alma- y, como mucho, confiar en que algún amigo de los de verdad, se arriesgue y nos ayude a abreviar el trámite. A ver si hay suerte!









































