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El valor de verdad en las redes sociales

La Veranda de Rafa Rius

“ ¡te lo juro, oyes,
no me lo puedo de creer!”

Hace algún tiempo, la gente ingenua y desavisada, cuando quería defender la veracidad de una determinada propuesta, te decía: “eso es verdad, lo he leído en un libro”. Posteriormente nos llegó otra variante de lo mismo, más delirante si cabe: “eso debe ser cierto, lo han dicho en la tele”. Pues bien, de unos años a esta parte se ha venido introduciendo en el imaginario colectivo un nuevo elemento de la absurda apelación al principio de autoridad para sancionar el valor de verdad de una información u opinión, en principio tan cuestionable como cualquier otra: me refiero a las inefables redes sociales pero también a los blogs, las páginas web e tutti quanti… Para demasiadas personas, Internet ha devenido paradigma de lo incuestionable. ¡Palabra de Internet! ¡Te alabamos Señor! En cualquier caso, entre la paranoia de desconfiar de todo y de todos y la credibilidad más absoluta, queda un ancho campo para la duda, el cuestionamiento crítico y la digestión personalizada de cualesquiera opiniones que lleguen hasta nosotros. No se trataría de cambiar una fe por otra sino de no tener ninguna. Se hace cada vez más necesario el asumir que la mayor parte de posicionamientos han de ser forzosamente contingentes, contextualizados en unas determinadas coordenadas de tiempo y lugar y por tanto con fecha de caducidad. La velocidad con que cambian en estos momentos los puntos de referencia y los elementos de juicio hace aconsejable no tener excesivas seguridades absolutas.

No obstante, tampoco se trataría de no tener ninguna. Para comenzar a reflexionar se hace necesario partir de algún axioma que no requiera explicaciones previas. No sé, pongamos por caso: ¿Podemos establecer que en nuestro aciago presente la explotación del hombre por el hombre (y hasta la de la mujer por la mujer) es cada vez más intensa y sofisticada? ¿Que el bienestar de los menos está basado en la precariedad y el sufrimiento de los más? Me temo que esas son cosas difícilmente cuestionables. De cualquier forma, esos axiomas necesarios como punto de partida para la reflexión y la acción, se podrían contar con los dedos de una mano. A partir de ahí, deberíamos cuestionarnos permanentemente el valor de verdad de todo el tsunami de informaciones que llegan hasta nosotros.

En cualquier caso, Internet tiene un aspecto encomiable: quizás por primera vez en la historia, se ha roto la dirección única del flujo de información entre el emisor y el receptor de los mensajes. Ahora es claramente multidireccional y ese flujo único se fragmenta en múltiples perspectivas y matices, pero no nos engañemos, eso no es todo. Esa sensación de multipolaridad de nodos diversos conectados por la red puede ser más aparente que real. Si analizamos el contenido de esos mensajes que llegan hasta nosotros como una lluvia torrencial, veremos que en muchos casos, los que no caen en la banalidad más prescindible, se limitan a repetir de forma acrítica otros mensajes que a su vez son eco unos terceros y así hasta el infinito y la náusea.

El exceso de información equivale a su ausencia. Cada vez se hace más problemático navegar en los procelosos mares del ciberespacio. Cada vez se hace más difícil encontrar tesoros perdidos en las profundidades insondables de la red.

No caigamos en la ingenuidad de suponer que todo aquel que hace un comentario a una noticia, participa en un chat, una tertulia o reenvía un correo, tiene realmente algo que decir, algo que merezca ser escuchado.

De hecho, yo, ahora mismo, no sé si lo que veo desde la veranda, esto que estoy contando, vale realmente la pena. Mejor lo dejamos aquí.

\ Segueix-nos/

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