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El miedo a la tribu

La Veranda de Rafa Rius

imgres-6Últimamente, tal parece que el ámbito de lo político se reduce a hablar de pactos y elecciones, ignorando que la política abarca un espacio social mucho más amplio y complejo. Esto viene a cuento de las declaraciones de la diputada de las CUP Anna Gabriel sobre el cuidado comunal de los hijos, que han puesto en pie de guerra a todos los devotos de la familia tradicional. -¡A qué demonios viene ahora, en pleno período electoral, el ponerse a hablar de la familia y los hijos! ¡Vaya pérdida de tiempo! ¡Y encima relacionando a la sagrada familia con una tribu! ¡Habrase visto tamaño atrevimiento!…

Tal vez sería oportuno considerar que, cuando llegamos a un callejón sin salida a la hora de explicar las numerosas paradojas e incongruencias que nos depara la actualidad, deberíamos buscar algo de luz en otros entornos de lo social. Si conjeturamos que uno de los grandes problemas de fondo que explicaría bastantes de esas paradojas e incongruencias no es otro que la sumisión y la servidumbre voluntaria de tantos y tantas, es muy posible que para dilucidar sus causas haya que remontarse al origen de la cuestión. Y uno de los orígenes -radicales, de raíz- de la actual situación no es otro que la aparición de la familia tal y como la conocemos en nuestros días.

Federico Engels, en la década de los ochenta del S. XIX, publicaba un libro de título muy explícito: “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, en él recogía y fijaba –desde una óptica marxista- las principales aportaciones que sobre el tema se habían hecho.
Parece que casi todos los antropólogos coinciden en que el punto de inflexión habría que situarlo en lo que se suele conocer como Revolución Neolítica, es decir, en el paso de una economía colaborativa propia de las sociedades nómadas paleolíticas en las que no había propiedad privada, no existía la explotación ni el Estado, la descendencia era matrilineal, era habitual la poliandria y la evolución lógica conducía hacia un matriarcado, hacia una sociedad neolítica que había descubierto la ganadería y la agricultura, que a su vez habían provocado los primeros asentamientos humanos fijos a partir de los cuales había comenzado a gestarse el mundo tal y como lo conocemos ahora: acumulación de excedentes, división social del trabajo, aparición de la propiedad privada y consecuentemente de las clases sociales, los grupos de poder político y religioso y por fin, el Estado. En ella los hijos son considerados como elementos productivos rentables para la unidad familiar y los enemigos capturados en la guerra ya no son asesinados sino que pasan a la mucho más provechosa condición de esclavos. La familia pasa a ser nuclear, los tabús intergeneracionales exigen copular con miembros de la misma generación y prohiben hacerlo con ascendientes o descendientes y por último, se impone el contrato matrimonial y la poligamia como paso obligado hacia el patriarcado.

Desde ese momento, la situación ha evolucionado poco en Occidente. Del esclavismo primitivo al esclavismo feudal y de éste al esclavismo burgués, siempre dentro del marco de la familia patriarcal como único referente organizativo. Si queremos cambiar a mejor la inicua sociedad que nos ha tocado habitar, habría que empezar por el principio y ese principio no puede ser otro que el complejo entramado psico-socio-afectivo en el que andamos metidos y en concreto de la familia tradicional como fuente de múltiples neurosis y escuela de sumisión a lo establecido.

¿Qué la educación de los hijos sea asumida colectivamente? No, eso es tabú. “De lo que no se puede hablar hay que callar” que decía Wittgenstein. Que se dedique a hacer política seria y que se deje de chorradas. Parece que la Sra. Gabriel esté meando fuera del tiesto mientras pasea por los cerros de Úbeda. Pues bien, me temo que no. De eso y otras cuestiones semejantes es precisamente de lo que hay que empezar a hablar como paso previo inexcusable si no queremos cometer de nuevo la estupidez de comenzar la casa por el tejado.

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