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El Día de San Cobardón

La Veranda de Rafa Rius

veranda12Hace unos días se ha celebrado con gran despliegue de medios el Día de San Cobardón o de San Valentín, ¡Qué más da! El caso es aprovechar cualquier estúpida efeméride para hacer caja. Aún no estamos recuperados de la tabarra de los fastos navideños y del subsiguiente periodo de rebajas, cuando ya nos están conminando a celebrar el amor. ¡Oh, el amor! ¿Y cómo? Con un fastuoso regalo, por supuesto. Todo a mayor honra y gloria de San Valentín, un presunto mártir del S III, de más que dudosa existencia histórica y que pasó a la posteridad porque al parecer era capellán castrense y se dedicaba a casar soldados (con mujeres ad hoc, no vayamos a pensar otra cosa) Pues bien, estando prohibidas las bodas de soldados porque al parecer debilitaban el espíritu bélico, el emperador Claudio hizo crucificar al responsable. Esta leyenda resulta tan improbable para la propia Iglesia Católica que San Valentín, su protagonista, fue retirado del santoral oficial tras el Concilio Vaticano II, lo cual no fue obstáculo para que, una vez montado el tinglado de la antigua farsa, el negocio siguiera adelante cada vez con más bríos.

¿En que se parece el amor a una joyería, unos grandes almacenes o una cena de postín? Ignorantes como somos, desconocemos las oscuras e intrincadas relaciones que unen elementos tan aparentemente extraños entre sí. No importa, lo que cuenta es cumplir el sagrado ritual del consumo a fecha fija. Y hay que espabilarse, porque acto seguido hay que honrar la paternidad (comprando, claro) en el Día del Padre, tras lo cual viene en mayo el de la Madre y el 26 de julio el de los Abuelos (San Joaquín y Santa Ana, abuelos de Jesucristo) y … continuamos regalando (previa compra: no vale un detalle personal sin valor de cambio) y ya rizando el rizo hasta lo más insospechado y grotesco, han ido apareciendo los Días de los Tíos, de los Padrinos…

Frente a lo simplemente ridículo que podría parecer este montaje a primera vista, habría que tomar en consideración que no sólo vivimos en una economía de mercado, sino de modo más general , en una sociedad de mercado, es decir, en un espacio vital en el que el conjunto de las relaciones interpersonales así como el conjunto de las relaciones de los individuos con el entorno está mediatizado por un cálculo simple de consumo sustentado en factores como el atractivo del producto, la novedad, la relación calidad-precio o la imitación compulsiva de los hábitos de compra de determinados iconos sociales de referencia.

Esta lógica, trata de facilitar la instauración de múltiples pactos relacionales basados en el regalo, estratégicamente diseminados en el calendario para no solaparse y que se suceden con rapidez para promover una adecuada fluidez en el consumo, fundamentada en una supuesta libertad de decisión y elección y encaminada a promover la creencia en un fantasmal libre albedrío. Un aparente libre albedrío que adecuadamente inducido y manipulado, logra que interioricemos y aceptemos nuestra despersonalización y nuestra conversión en simples unidades básicas de consumo. Se trata de conseguir que creamos estar haciendo lo que queremos y cumpliendo nuestros más íntimos deseos cuando en realidad no estamos sino siguiendo las consignas de quienes manejan nuestras vidas a mayor honra y gloria del Dios Mercado.

Y aquí no cabe la ingenuidad. En esta sociedad de mercaderes, nada es inocente.

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Un Comentario

  • Ya decían, Albert Einstein entre otros, eso de que la estupidez humana no tiene límite.

    ¿Qué querrá decir eso de que la estupidez humana no tiene límite?

    ¿Somos de natural tendencia a la estupidez o es tan sólo uno de nuestras características, por muy infinita que sea?

    En fin.

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