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Dulce navidad: las luces led y lo que hay debajo

La Veranda de Rafa Rius

Cada año, cuando llega el solsticio de invierno -eso que los cristianos llaman Navidad- todos los medios de desinformación y manipulación, inoculan en las personas un simulacro de buenismo tan desenfrenado y frenético como espurio; durante un par de semanas intentan convencernos de que todo el mundo es bueno y y todo el mundo debe comprar ingentes cantidades de fruslerías pueriles y para contribuir a ello, todos los pueblos y ciudades se llenan de luces. Compiten en ver quien tiene el árbol más grande, más vatios de potencia lumínica y las calles y plazas céntricas (céntricas, eso sí, los vecinos del extrarradio, al parecer no pagan impuestos) porfían para que sus noches parezcan días.

Los que nos gobiernan, señalan con el dedo hacia arriba para que veamos las lucecitas (Ohhh!) pero lo importante ocurre debajo. Lo que hay debajo de tan fastuosa iluminación es un abigarrado muestrario de tiendas de todo tipo, de grandes almacenes, de establecimientos de hostelería, que están esperando como agua de mayo a que lleguen las lucecitas -no por casualidad es el periodo del año en el que se concentra la mayor parte de sus ventas- y eso que el calendario anual está perfectamente secuenciado para que las ventas no decaigan: después vendrán las rebajas de enero y en febrero el Día de los Enamorados (¡Oh, el amor, que bien vende el amor!), en marzo el Día del Padre, en abril la “Semana Santa”, en mayo el Día de la Madre y luego, las rebajas de verano, la vuelta al cole… y de nuevo a recomenzar la rueda del consumo.

Para intentar entender esto, habría que tomar en consideración el hecho de que, en el contexto de una sociedad capitalista de mercado, los individuos, totalmente despersonalizados y enajenados, convenientemente manipulados, no somos sino simples unidades de producción y consumo: producir para luego consumir compulsivamente lo producido. Un sistema que recuerda, extrapolado a unas proporciones gigantescas, a lo que ocurría en los complejos fabriles de los primeros tiempos de la Revolución Industrial: los obreros vivían junto a la fábrica y contaban con un economato, propiedad de la misma empresa, donde invertían su escaso salario en comprar lo más necesario para sobrevivir, así todo quedaba en casa, todo eran beneficios.

De modo similar, ahora, invertimos la paga extra y exprimimos la tarjeta de crédito para comprar y regalar, lo más inaudito, lo que maldita la falta que nos hace. No importa, las cifras macroeconómicas han de seguir creciendo, aunque la microeconomía de la mayoría de las personas esté bajo mínimos.

Y en ello, las brillantes y malévolas lucecitas, tienen un papel capital, se trata de embrujar, de subyugar nuestro espíritu crítico con el resplandor de las bombillitas led para que no caigamos en la cuenta de lo que está sucediendo.

En Barcelona, muchas personas han puesto en peligro sus vidas, posando en medio del tráfico, con fondo de luces led, para hacerse unos selfies que inmortalizaran tan trascendental momento. En Vigo, el alcalde ha descubierto el truco y gana elección tras elección, según todos los indicios, ayudado por los votos de unos ciudadanos agradecidos al haber situado su ciudad como la más iluminada en estas fechas y con el árbol de luces más alto…

Encandilados con las lucecitas, ahondamos en nuestra sumisión. Parece evidente que la estupidez humana no conoce límites y en estos aciagos días de comienzo del invierno, tiene una ocasión inmejorable para demostrarlo.

¡A compraaar!

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