La Veranda de Rafa Rius
Cuando el llorado presidente estadounidense Richard Nixon, al que ya en su juventud política Truman había bautizado con el sobrenombre de “Dick el Tramposo”, fue implicado en el escándalo Watergate y obligado a dimitir, no fue tanto por enviar a sus fontaneros a espiar al partido rival sino sobre todo por mentir posteriormente sobre su participación en los hechos. En una supuesta democracia tan imperfecta como la estadounidense, donde los miembros de los lobbies energéticos, farmacéuticos, de aseguradoras, financieros e tutti quanti, se pasean por los despachos del Congreso como por el salón de su casa, donde los candidatos a las distintas elecciones reciben a cara descubierta millonarias donaciones para sus campañas de empresas y particulares que luego obviamente pasarán factura… aún así, la mentira (pillada) suele ser el pecado más imperdonable, hasta el punto de truncar definitivamente una carrera política. En Alemania, la mentirijilla acerca de la autoría de una tesis universitaria que se descubrió haber sido copiada, acabó con la carrera política del delfín de Frau Merkel… En cambio, en esta España nuestra de brotes verdes y luces al final del túnel, las mentiras más descaradas han tomado tal carta de naturaleza que se difunden y pavonean con absoluta desfachatez. Hasta no hace mucho aún se disfrazaban pudorosamente de eufemismos; ahora éstos van perdiendo relevancia y las mentiras más procaces, proferidas en medio de una total impunidad, van tomando el relevo.
¿Para qué tenemos que andarnos con paños calientes –parecen decirse- si nos asiste la razón absoluta de una mayoría no menos absoluta? La mentira política en eso que llaman España tiene una larga tradición y adquiere formas muy diversas. Por no retroceder demasiado en el tiempo, podríamos recordar el inicio de la actual estafa financiera en la que el presidente del gobierno socialista, con las elecciones para su segundo mandato a la vuelta de la esquina, se empeñaba en convencernos –en contra de todos los economistas del planeta- de que esto no era una crisis ni mucho menos el inicio de una fuerte depresión, sino una simple desaceleración en el ritmo de crecimiento. La burda falsedad fue muy pronto desmentida por los hechos pero para entonces, ya estaban las elecciones ganadas que es de lo que se trataba. Poco antes de finalizar la legislatura de forma abrupta y poco honorable, el partido en el Gobierno nos ofreció su canto de cisne en lo tocante a patrañas: nos habían repetido hasta la saciedad que la Sagrada Constitución era poco menos que intocable, a pesar de lo cual, no dudaron en pactar con sus eternos enemigos para en un verse y no verse, modificar la Carta Magna al dictado de los bancos alemanes, para que fueran éstos los primeros en cobrar las deudas contraídas, así se estuvieran muriendo de hambre los sufridos españolitos. Para entonces, el PP ya se había quedado con la copla y en lo más duro de la recesión económica presentó un programa electoral digno del País de las Maravillas y que de sobras sabían que no iban a poder cumplir, entre otras cosas porque conocían que su realización dependía de más altas instancias que eran las que dictaban la hoja de ruta y a ellos sólo les tocaba callar y obedecer. Y mentir, claro, porque jamás se supo de político alguno en el ejercicio del poder que reconociera sus errores y cayera en el feo vicio de la autocrítica. Sabiamente dirigidos por su inefable presidente Mariano, dueño absoluto de sus silencios clamorosos, se aplicaron al mantenella y no enmendalla y han creado entre todos una novela familiar tan repugnante como estimable desde el punto de vista literario. Tanto en el Gobierno como en el propio partido, multitud de personajillos públicos han ido tejiendo toda una serie de microrelatos que conforman la intrahistoria de la España negra democrática. Microrelatos en los que multitud de falacias poco elaboradas, con el denominador común de su confianza ciega en la estupidez de sus receptores, nos son ofrecidas a diario en todo tipo de foros mediáticos como sucedáneo de una información útil y veraz.
Dado que en el proceso patológico del mentiroso compulsivo se llega a un punto de no retorno a partir del cual el paciente comienza a estar convencido de sus propias trolas, tropezamos cada día más con ministros, secretarios, subsecretarios y vicepresidentes varios que parecen profundamente convencidos de las estupideces que salen de su boca. Mientras la gente sufre y desespera, nos hablan del esplendor en la hierba y la gloria en las flores. Se niegan a encarar un presente atroz e intentan fascinarnos con los fastos de un dorado futuro que sólo existe en sus mentes enfermas.
¡Que no nos pase nada!









































