La Veranda de Rafa Rius
«Alemania, Alemania por encima de todo, por encima de todo en el mundo»
Así empieza el himno alemán, con letra de Hoffmann sobre una hermosa melodía de Haydn. Dejando aparte los grotescos excesos de exaltación patriótica propios de cualquier himno nacional, en el caso de Alemania, deja patente desde el principio su vocación hegemónica. Mas claro, agua.
Quizás influya en ello su situación geoestratégica en el centro del continente pero lo cierto es que a través del largo camino de la Historia, casi hasta el último cuarto del siglo XIX (1871) no se produjo su unificación, tras vencer en la Guerra franco – prusiana, y no contó hasta ese momento con un Estado tal como lo conocemos hoy.
Sea como fuere, en poco tiempo las clases dirigentes prusianas se anexionaron a costa de Francia, Alsacia, Lorena y la región del Sarre, dando comienzo a una política imperialista que se prolongaría durante buena parte de la primera mitad del siglo XX.
Aunque lo cierto es que durante ese periodo, no es que le fueran muy bien las cosas. De hecho, la historia de Alemania durante esos 50 años es la historia de sus derrotas.
En 1919, tras perder la 1ª Guerra Mundial, los dirigentes alemanes firmaron el Tratado de Versalles (en el mismo lugar donde 50 años antes Bismarck había proclamado el Imperio Alemán) que imponía a los alemanes unas condiciones extremadamente duras, obligándo a pagar altísimas compensaciones a las potencias vencedoras, que sólo acabaría de satisfacer en 2010, casi un siglo después.
A consecuencia de ello, en los primeros momentos tras la Gran Guerra, en Alemania se produjo un derrumbe del sistema productivo y una fuerte crisis económica y social que el gobierno del periodo, conocido como la República de Weimar, solucionó emitiendo enormes cantidades de papel moneda con lo que se produjo una hiperinflación galopante, llegando a emitir billetes con un valor teórico de cientos de millones de marcos. A todo ello vino a sumarse, a finales de los “felices veinte”, el crack de Wall Street y la Gran Depresión consiguiente. La precariedad laboral y la miseria de amplias capas de la población hacían la situación social insostenible. Como, por otra parte, la socialdemocracia en el poder durante la República de Weimar se había encargado de desmontar y reprimir todos los intentos revolucionarios que se habían producido, se habían creado las condiciones perfectas para la adecuada incubación del huevo de la serpiente nazi, partido que asumió el poder democráticamente tras ganar las elecciones de 1932.
Paralelamente y de forma aparentemente contradictoria, la cultura alemana alcanzaba en todos los campos, una altura y una capacidad de innovación y vanguardia que aún hoy asombra:
Pintores como Grosz o Kandinsky, Músicos como Schonberg o Weber, cineastas como Murnau o Fritz Lang, escritores como Brecht o Musil, científicos como Eisler o Einstein, arquitectos como Gropius o Meyer, estilos y escuelas de la trascendencia del Expresionismo o la Bauhaus… la lista se haría inacabable. Y todo ello en un contexto histórico de profunda crisis económica y máxima precariedad, con el partido nazi como monstruosa espada de Damocles que acabaría cayendo sobre la cabeza de los alemanes, traída por ellos mismos. Difícilmente explicable pero inexorablemente real.
En cualquier caso, tras el periodo nazi y la nueva derrota en la 2ª Guerra Mundial, Alemania vio otra vez gravemente diezmada su población, el país partido en dos y sus ciudades convertidas en escombros. Sin embargo, al menos esta vez, el Gran Amigo Norteamericano, fue magnánimo -a cambio, claro está, de que sus empresas se llevaran buena parte del pastel- y participó en la reconstrucción con el famoso Plan Marshall, que por el pueblo del que era alcalde Pepe Isbert pasó de largo, pero allí sí que parece que llegó y se quedó. El caso es que bajo la égida de Adenauer y su Democracia Cristiana, el sistema capitalista alemán fue recuperándose, ayudado también por las grandes fortunas autóctonas que, a través de los infaustos avatares del siglo XX, siempre habían sabido estar ahí, nadando y guardando la ropa.
Así las cosas, llegamos a 1989 en que tras la reunificación (o más bien la anexión de la RDA por parte de la RFA) y después de un breve periodo de reajuste de las dos economías, Alemania emergió ya como la potencia hegemónica en Europa desde el punto de vista económico y consecuentemente político, convirtiéndose en lo que se ha dado en llamar con eufemística metáfora “la locomotora europea”, aunque últimamente haya devenido más bien, hablando con propiedad, en la trituradora europea.
Es bien sabido que el capitalismo no es inmoral sino amoral. La ética no entra en sus parámetros: no cotiza en bolsa ni reparte dividendos. Desde que en 2008 Lehman Brothers & company, se empeñaron en demostrarnos que dentro del sistema capitalista los de a pie nunca podemos estar tranquilos y que, a pagarlo siempre poca ropa, las entidades financieras implicadas han venido demostrando sin ningún pudor (¿Para qué?) que lo que ellos llaman crisis no es mas que una oportunidad para medrar y aumentar sus márgenes de beneficio. Consecuentemente, el sistema financiero de los países mejor posicionados en el mercado capitalista, (véase Alemania) también aprovecha la situación para fortalecer su postura y mejorar sus perspectivas, aun a costa de la miseria de amplias capas de la población de aquellos otros países (véase España) cuyos trabajadores habían picado en el timo del tocomocho de creerse “clases medias” y de confundir el consumismo desaforado con la calidad de vida.
De cualquier forma, tampoco hay que confundir España con los españoles ni Alemania con los alemanes. En España, desde 2008, ha habido un nutrido grupo de canallas de alto standing que ha aumentado su poder de latrocinio en medio de una total impunidad, mientras en Alemania, existen entre siete y ocho millones de subempleados con sueldos de 400€ y jubilados con pensiones de miseria que tienen que trabajar en negro hasta su muerte para poder sobrevivir: no confundamos lo macro con lo micro, el capitalismo no conoce fronteras y tiene los mismos intereses en todas las latitudes. Pero el sistema bancario es otra cosa: nunca da puntada sin hilo. Grecia, Italia y España, cunas de culturas milenarias, ahora resulta que son periféricos. Pues bien, durante los años prodigiosos de principio de milenio, la banca de lo que fueron bárbaras tribus germánicas, fue proporcionando a los bancos de los llamados países periféricos (también conocidos como marranos) la cuerda, en forma de créditos baratos, para que ellos mismos se ahorcaran y a nosotros con ellos. Eso sí, ayudados por sus esbirros políticos y nuestra incalificable sumisión.
Lo bien cierto es que los capitalistas alemanes, como dice su himno, se sitúan “por encima de todo en el mundo” y están tomando cumplida venganza de las supuestas humillaciones sufridas en la primera mitad del siglo XX. Ha llovido mucho desde entonces, pero al parecer, para la clase dirigente alemana, la venganza es un plato que se sirve muy, muy frío.









































