La Veranda de Rafa Rius
La negativa de los distintos gobiernos españoles desde el año 78 a tomar en consideración, ni remotamente, la posibilidad de un referéndum de autodeterminación en Euskadi y Catalunya, alegando su carácter inconstitucional, como si la Constitución fuera un monolito sagrado, intocable y eterno, podría explicarse en parte si consideramos que siempre han tenido un ojo puesto en lo sucedido en los espacios balcánicos más orientales de la antigua Yugoslavia, donde tanto en Kosovo como en Bosnia, sus procesos de independencia han estado y están repletos de conflictos trágicos.
En cambio, no parece que hayan tomado en consideración lo sucedido en Quebec o Escocia donde, como sabemos, se pactaron referéndums de autodeterminación con los gobiernos respectivos de Canadá y el Reino Unido con las consecuencias conocidas: se desarrollaron con total normalidad y tras sus resultados, siguen unidos de momento a sus Estados correspondientes.
Cabría preguntarse por qué los sucesivos gobiernos del Estado español se empecinan en tomar como referencia a unos y no a otros. La única explicación a primera vista podría ser la fuerza que todavía conservan determinadas fuerzas reaccionarias que pretenden mantener el relato de una España Una y Eterna, que ni es Una, vista su evidente diversidad, ni es Eterna porque como mucho, tiene menos de cinco siglos de vida. Y como correlato, habría que situar el miedo que esas fuerzas -con especial relevancia de los estamentos eclesiástico y militar- tienen a perder sus privilegios seculares basados en sentimientos tan atávicos como apolillados fundados en referentes simbólicos caducos sin relación con la realidad social vigente en pleno siglo XXI.
Y en este caso no cabría responsabilizar al tópico capitalista español del Ibex 35: la economía de mercado capitalista no tiene patria ni matria, puesto que su territorio de caza está situado allí donde más favorezca sus intereses y aprobarán o rechazarán cualquier posicionamiento político, según convenga.
Más allá del carácter, por lo general reaccionario, de todo nacionalismo, comúnmente basado en supuestas cuestiones identitarias, en el mejor de los casos controvertibles, debería ser incuestionable el derecho que asiste a cualquier grupo humano a la hora, tanto de hablar su lengua y proteger su cultura como de decidir su futuro político.
En la actualidad, los territorios situados en la zona Este de la antigua Yugoslavia, son un auténtico laberinto; un rompecabezas de etnias, lenguas, alfabetos, legitimidades, reclamaciones varias y, lo que es peor, odios, rencores y violencia enquistada. Sin embargo, existen dos ejemplos -Bosnia y Kosovo- que, a pesar de todos los pesares, que han sido muchos, han ejercido su derecho a la autodeterminación.
Aún así, algunos analistas mal pensados, opinan que la guerra en Bosnia y Kosovo fue provocada por Estados Unidos con el objetivo de aumentar su control en los Balcanes y debilitar a Serbia (tradicional aliado de Rusia), dado que parece comprobado que efectivos de inteligencia norteamericanos colaboraron con la guerrilla proalbanesa del UÇK, a la que adiestraron para su lucha contra las fuerzas federales yugoslavas. No parece casualidad que en la actualidad EEUU tenga en Kosovo su principal base militar en Europa, muy cerca de las fronteras de Rusia.
En este contexto, la ONU, en julio de 2010, emitió su opinión sobre la materia en discusión, en la que estableció que la declaración unilateral efectuada por Kosovo no violó el derecho internacional, pues éste no tiene una disposición activa que limite las declaraciones de independencia.
Con todo ello, los sucesivos gobiernos españoles, después de analizar a fondo la historia reciente de los Balcanes, en especial de Bosnia y Kosovo y de tomar buena nota de que el derecho internacional no excluye la posibilidad de declaración unilateral de independencia, decidieron trazar una clara línea roja en Catalunya y Euskadi, respecto a la posibilidad de referéndums de autodeterminación. Ni siquiera con la expectativa bastante clara de ganar las consultas, como ha sucedido en Quebec o Escocia, donde la población que ha votado por su independencia, ha perdido y no ha pasado absolutamente nada.
Por último, pero no en último lugar, cabría señalar la evidencia de que España, desde el punto de vista político, social y étnico, tiene poco que ver con los Balcanes. Cuestión que no deberían olvidar los negociadores al hablar de los pactos y las condiciones para la investidura de Pedro Sánchez.











































