La Veranda de Rafa Rius
“Las cosas importantes suceden mientras pasa el tiempo”… Decía el pianista del Rick’s Café en Casablanca. Las cosas importantes y las que no lo son, añadiría yo. Todo pasa en el tiempo que pasa, imperturbable: lo banal y lo terrible, lo misterioso y lo obvio. Todo viaja a lomos del tiempo, así que, en cuanto cae la última hoja del calendario, todos nos ponemos como locos a hacer balances y resúmenes del año, a pasar revista, a señalar cuales han sido los acontecimientos más trascendentes que han marcado el devenir de los meses, a guardar para el recuerdo aquello más relevante que nos ha dejado el año a punto de acabar. Y eso sí, la última noche, tan vieja como cualquier otra, nos proveemos de ridículos sombreritos, matasuegras y confetis y nos vamos a celebrar (¿?) la llegada de un nuevo año, tan nuevo como cualquier otro.
Vano intento. Lo que define al tiempo es su indiferencia. No sabe nada de archivos ni calendarios, de líneas ni de cuadrículas que intenten acotarlo: es por su propia esencia inconmensurable. Desde siempre, los humanos, ante la perplejidad causada por lo inefable del tiempo, hemos intentado encerrarlo, clasificarlo y darle nombre. Primero a partir de la observación de su entorno: la trayectoria solar, las fases de la luna, el paso de las estaciones, la duración de los días. Después con la invención de los primeros relojes y calendarios. Últimamente con los cronómetros atómicos que prometen una desviación máxima de una décima de segundo cada millón de años…
Da lo mismo: al tiempo se la trae al fresco. De aquí a una brizna de eternidad, ¿Qué habrá sido de la abdicación del rey y las pseudoreformas del papa Paco, de Podemos y de Ganemos, de la Unión Europea y su fastuoso Banco Central …? Insignificante polvo de estrellas perdido y olvidado en la inmensidad del espacio tiempo… Y sin embargo…
Y sin embargo, cuando hablamos de tiempo, de manera paradójica hablamos también, inevitablemente, de nuestro tiempo, del insignificante fragmento que abarca una vida humana, de ese pequeño paréntesis de dolor y placer, de furia y deseo que se extiende brevemente entre dos grandes vacíos inexplicables. Y ahí si que cobra pleno sentido todo lo que nos pase, por muy trivial que aparente ser, porque es lo único que tenemos, intransferible e irrepetible. Es mínimo pero es nuestro y tenemos derecho a vivirlo de la mejor manera posible, sin que ningún estúpido canalla nos lo eche a perder.
Sostiene Stephen Hawking que dios no es en absoluto necesario para explicar el origen del universo y que en cambio, resulta plausible desde el punto de vista de la ciencia, la existencia de un número indeterminado de universos paralelos al nuestro. Si tomamos en cuenta esa posibilidad, cabría conjeturar que en un contexto tal que así, nuestras insignificantes vidas cobran toda su relevancia y en ellas, la lucha por nuestra dignidad como minúsculas partículas de materia consciente perdida en el tiempo, resulta más que nunca irrenunciable.








































