La Veranda de Rafa Rius

Siempre que se analiza algún conflicto, sale a relucir el tema de la violencia como uno de los elementos polémicos del discurso, llegándose a utilizar la respuesta popular en situaciones tan distintas como las de Grecia, Italia, Francia o Portugal para apoyar la tesis que más convenga en cada momento. Dejando a un lado a los cofrades del pensamiento binario (buenos – malos, violencia – pacifismo), enemigos por lo general de cualquier tipo de matices y sutilezas y que no suelen aportar nada relevante a la cuestión que nos ocupa, quizás sería conveniente empezar por centrar el tema en el concepto mismo.
Así pues, ¿De qué hablamos cuando hablamos de violencia? ¿Podemos hablar genéricamente o tal vez sería preferible hablar de violencias, en plural, y especificar en cada caso los orígenes, las dimensiones, el alcance y el recorrido de esa violencia?¿Es comparable la violencia impune y prepotente que ejerce Estado con la de aquellos que pelean por no perder su casa o defender su puesto de trabajo?
En cualquier caso, el correlato habitual de cualquier conflicto es la sensación de impotencia de aquellos que pensaban que esa alteración de la normalidad patológica vigente podría ser aprovechada para implementar una serie de cambios en el sentido de una mayor justicia social. Al comprobar que no sólo no es así sino que más bien suele ser al contrario, se produce un sentimiento de frustración recurrente que puede llevar a tergiversar los heterogéneos elementos a analizar con vehementes apreciaciones emocionales que en nada ayudan a clarificar el debate.
De entrada, cabría establecer una premisa: por sí mismos, ni el pacifismo ni la violencia aseguran una evolución dialéctica y esclarecedora que nos permita dilucidar las claves de un determinado conflicto y resolver la situación.
A lo largo de la Historia tenemos sobrados ejemplos del fracaso de ambas opciones.
La acción social no violenta suele ser contemplada con displicencia por el poder establecido, convencido éste de que detenta el monopolio de la violencia, seguro de que siempre tendrá una mayor potencia militar que en cualquier momento puede sacar a la calle y convertir sus “misiones de paz” en misiones de guerra social. Es frecuente poner como ejemplo de los logros políticos del pacifismo la actuación de Ghandi en el proceso de independencia de la India, pero se obvia en esas ocasiones el que los británicos estaban ya en proceso de liquidación de su imperio colonial, que el propio Ghandi murió víctima de la violencia que supuestamente rechazaba, así como el hecho de sus frecuentes contradicciones militaristas durante la 2ª Guerra Mundial y sus manifestaciones racistas –y por tanto violentas- mientras vivía en Sudáfrica. Así y todo, aún con sus contradicciones a cuestas, no se conoce ningún otro caso histórico en que la militancia no-violenta haya influido a la hora de modificar sustancialmente una determinada circunstancia social.
Por lo que se refiere a la llamada violencia revolucionaria, si atendemos así mismo a la Historia, la situación en cuanto a resultados, no parece mucho mejor. La Revolución Francesa abrió las puertas a la burguesía y el capitalismo, la Revolución Rusa al Estalinismo, la Revolución Cubana, más allá del gran logro de expulsar a un sanguinario dictador como Batista, ofrece en la actualidad un panorama con tantas luces como sombras… tan sólo en China la victoria militar revolucionaria parece haber servido para descubrir un nuevo engendro: el capitalismo comunista, aunque quizás para este viaje no hubieran hecho falta alforjas revolucionarias…
En cualquier caso, cuando frente a cualquier conflicto nos planteamos el eterno dilema de cómo afrontarlo, surge inevitablemente la disyuntiva de la acción no violenta o violenta. Visto que ninguna de las dos opciones ofrece garantías de éxito, sólo se me ocurren dos reflexiones al respecto. En primer lugar, contextualizar la situación adecuadamente porque no hay una panacea válida y universal: cada espacio de lucha, en cada momento, requerirá una determinada respuesta que inevitablemente debería ser consensuada por todos los que participen en ella, procurando huir como de la peste de vanguardias de iluminados que nos indiquen el camino a seguir. En segundo lugar, no condenar ni estigmatizar ninguna forma de lucha. Podremos estar de acuerdo o no frente a una determinada manera de entender la acción social pero, cuando la impotencia nos invade, cuando oímos repetir hasta el cansancio que “esto es lo que hay” y que vivimos en el menos malo de los mundos posibles, todo aquel que se rebele de la forma que estime más conveniente frente a la iniquidad de una sociedad como la que nos ha tocado vivir es merecedor de respeto.









































2 Comentarios
Además de Ghandi, yo diría que ha habido más movimientos pacifistas que han conseguido resultados. Nelson Mandela en Sudafrica o Martin Luther King en USA pueden ser otros ejemplos conocidos y significativos.
En cuanto a la violencia creo que perjudica más que ayuda, sea cual sea la reivindicación con la que se la quiera defender.
Los que están en el poder siempre pueden ejercer un nivel de violencia superior a la del ciudadano, por lo que la violencia se acaba volviendo contra él.
Si hablamos de violencia a mayor escala, el atentado de las torres gemelas o los asesinatos terroristas, solo llevan a un mayor estado policial. Suelen desembocar en un mayor control de toda la población, que pierde espacios de libertad además de ver con impotencia como mueren de personas que estaban en el lugar del atentado en el momento menos apropiado.
Pero, además, la violencia siempre es bien utilizada por el poder para “demonizar” cualquier movimiento reivindicativo y hacer que buena parte de la población sienta rechazo e incluso miedo hacia dicho movimiento.
A esto hay que añadir que al poder le viene muy bien que haya acciones violentas que utiliza para desviar la atención de hechos importantes que así quedan en segundo plano.
Por todo ello, no me interesa la violencia, puesto que no lleva a ningún resultado positivo que beneficie a las personas. Muy al contrario, perjudica al que la ejerce y también al resto de personas que la contemplan.
Decía Henry Ford: «Un idealista es alguien que ayuda a otro a hacerse rico»
Alguien que cree que algo puede cambiar sustancialmente por medio de la resistencia no violenta es tan idealista como quien cree que se puede cambiar desde una barricada. El Congreso Nacional Africano de Mandela tiene un pasado y un presente con un montón de puntos oscuros -y no precisamente no violentos. Por lo que se refiere a luther King y su lucha por los derechos civiles de los afroamericanos, tampoco es que haya hecho disminuir el índice de racismo salvaje en bastantes de los estados de la Unión y el tener un negro descafeinado como presidente, que practica las mismas políticas que llevaría a cabo cualquier blanco, tampoco mejora mucho la situación. Lo dicho, ni violencia ni no violencia: esto no lo cambia ni dios, y eso que es omnipotente y esta en todas partes a la vez.
Y pese a todo hay que seguir luchando más que nunca: he ahí la paradoja.