La Veranda de Rafa Rius
No podemos confundir etnia con ideología. Me declaro antisionista, pero en ningún caso antisemita o antijudío.
A raíz de la masacre genocida que está perpetrando el gobierno israelí de Netanyahu contra el pueblo palestino ha cobrado nueva fuerza una vieja mixtificación tendente a confundir las cosas de manera grosera en beneficio de los defensores del actual statu quo internacional y de los poderes que lo controlan. Esa confusión, para nada inocente, está basada en convertir en sinónimos los términos “antisemita” es decir, “antijudío” y “antisionista” es decir, “antiextremismo nacionalista judío” un fundamentalismo que se cree con derecho a cometer todo tipo de tropelías para ocupar un territorio que consideran suyo por razones tan arbitrarias como que se lo ha prometido su dios y se lo ha revelado en su libro de mitología (la biblia)
No se puede estar en contra de toda una etnia como la judía (sólo la locura nazi se atrevió a ello) como no se puede estar en contra de ninguna otra etnia de las que pueblan nuestro planeta, pero sí de una parte de esa etnia -los sionistas- que, basados en elementos tan irracionales como los textos bíblicos, se consideran con derechos inalienables sobre un territorio que, desde los albores del neolítico, ha sido tierra de paso entre Asia y Europa y ha estado poblado por multitud de etnias diferentes, entre otras la palestina, actualmente mayoritaria.
Por otra parte, lo que no es en absoluto admisible es que se manipule y tergiverse el lenguaje hasta el punto de intentar que toda crítica a la actuación criminal del Gobierno israelí en Gaza, Cisjordania y Líbano (cerca de 50 000 civiles asesinados desde octubre) sea considerada antisemita; para nada, en todo caso sería una crítica al sionismo ultraortodoxo que ha provocado la situación actual.
Si todas las personas de etnia judía que, a partir de principios del siglo XX y especialmente tras la 2ª Guerra Mundial, se han ido estableciendo en el territorio se hubieran dedicado a vivir sus vidas en paz y buenas relaciones con sus vecinos, muy posiblemente no hubiera habido problema alguno. El problema surge como tantas veces, en el proceso de descolonización. Cuando tras el final de la 2ª Guerra Mundial, Francia y el Reino Unido abandonan su Protectorado sobre ese territorio y la ONU, controlada como sabemos por las potencias de su Consejo de Seguridad, decide otorgar de manera arbitraria a los sionistas el territorio palestino y crear artificialmente y por decreto el Estado de Israel. Un Estado confesional y excluyente que margina a la etnia palestina y crea una situación de conflicto -un conflicto que hasta ese momento apenas existía- que dura más de 75 años, sin perspectiva de resolverse y en todo caso de agravarse.
Pues bien, la fuerza del lobby judío en el mundo es de tal magnitud que en EEUU y los principales países europeos -Francia, Alemania, Reino Unido- algunos de ellos con partidos socialdemócratas en el poder, ha conseguido que toda crítica al actual genocidio sea considerada como una crítica antisemita. En Estados Unidos, da igual que el partido en el poder sea Demócrata o Republicano, el apoyo a Israel es incondicional. En el Reino Unido, Jeremy Corbin, declarado defensor de los palestinos pero en ningún caso antijudío, ha tenido que abandonar el partido laborista bajo acusaciones de antisemita. En Francia, Melenchon, líder izquierdista de Francia Insumisa, tiene que soportar continuamente infundadas acusaciones de antisemitismo sin ningún testimonio que las avale y que le han valido para apartar a su partido del Gobierno pese haber ganado las últimas elecciones legislativas. En Alemania, el socialdemócrata Scholz mantiene una postura clara en apoyo de Israel… y en España, nuestro amado presidente Sánchez, mantiene una postura ambigua de nadar y guardar la ropa: por un lado lanza retóricas declaraciones en defensa del pueblo palestino, pero por otro lado permite que se sigan exportando armas y no hace ningún tipo de presión comercial sobre Israel que justifique sus buenas intenciones.
Teniendo en cuenta todo lo dicho, estar con el masacrado, en este caso al pueblo palestino, no significa por ello ser antisemita.
Toda manipulación comienza por el lenguaje, por tanto: nunca antijudío, pero sí antisionista, es decir, en contra del fundamentalismo religioso judaico que propicia el genocidio y encubre intenciones imperialistas y depredadoras, amparado tan sólo en que se lo ha concedido su dios y, no lo olvidemos, en que los poderosos del mundo lo apoyan.










































