La Veranda de Rafa Rius
“Utilizar cualquier lugar para cualquier propósito” Diógenes Laercio.
La contundente frase del filósofo cínico, deja poco espacio para la duda, acerca de como se las gastaban esos pensadores en acción que a sí mismos se denominaban “kinós : perros” y que tenían por costumbre realizar todos sus actos vitales –comer, hablar, defecar, copular, dormir- a la vista de quien quiera que pasase por allí. Tenían muy asumido el hecho de la trampa que supone la aceptación de la radical distinción entre lo público y lo privado, como coartada de lo éticamente correcto , impuesta desde el poder como legitimación de unos determinados hábitos de conducta socialmente aceptables.
Dos mil años después, seguimos en las mismas. La división entre lo público y lo privado, no sólo se ha perpetuado hasta nuestros días, sino que se ha ahondado notablemente –subrayemos la sustitución del clásico “divide y vencerás” por el más moderno y mejor contextualizado “divide y venderás”.
En poco más de treinta años, hemos pasado de ser “unidades de destino en lo universal” , según el apolillado aserto falangista, a ser simplemente “unidades de consumo” lo cual es más pedestre, menos poético, pero mucho más real.
En un futuro diseñado por técnicos de marketing, nuestro nicho topográfico está más cerca del centro comercial que de cualquier otro lugar. Huérfanos de otros estímulos que no sean los derivados del consumo, nos dirigimos en grandes manadas sumisas y satisfechas hacia esas deslumbrantes catedrales kitsch de la nueva religión en las que encontraremos seguro acomodo a nuestros deseos más inefables. Posiblemente, al acercarnos a ellas, no tengamos muy claro qué es lo que buscamos, pero seguro que ellos lo saben perfectamente y están dispuestos a satisfacer plenamente nuestros más íntimos deseos, previo paso por la caja registradora.
De un lado, los nuevos enclaves públicos de consumo, espacialmente concentrados según unas pautas preestablecidas, estratégicamente distribuidos en las distintas periferias –el coche con todo lo que le rodea deviene cómplice imprescindible- y fuertemente codificados siguiendo unas claves endogámicas que permiten reconocer y reconocerse, conforman el territorio en el que los nuevos-viejos amos implementan sus objetivos de negocio que, obviamente, pasan por atraer grandes concentraciones humanas a un espacio físico y mental reducido.
De otro lado, siguiendo la citada consigna del “divide y venderás más y mejor”, se diseña una táctica comercial de pseudoindividualización: ahora, en el proceso de compra, todo puede ser convenientemente personalizado. Desde una tirada de cientos de miles de muñecas, cada una de ellas con pequeñas diferencias (¿?) Para crear en las niñas/os la ficción de que su juguete es único, hasta un sistema informático pensado para satisfacer las exactas necesidades de cada cual.
Mientras se fomenta descaradamente el gregarismo mas acrítico, es preciso dar la sensación de que el ámbito de lo privado es escrupulosamente respetado. Hay soluciones para todo: de tu coche estarán circulando diez millones de unidades exactamente iguales, pero si lo “tuneas” lo convertirás en algo singular e inimitable (o al menos eso te crees tú)
En los albores del tercer milenio, la lógica del mercado global, en el marco de una progresiva pérdida de protagonismo de Estado en favor de Capital, pasa por diseñar una estrategia de publicidad y marketing que proponga la idea retórica de lo privado, lo único, lo exclusivo, como referente de ficción, mientras en términos reales planifica sistemas de ventas masivas, mucho más rentables. Se trataría de hacernos sentir a cada uno de nosotros como una Very Important Person, cuando en realidad nos consideran unas mierdecillas insignificantes que sólo interesan en la medida en que consumen.
Quizás estaría bien que fuésemos capaces de ocupar y transformar espacios en los centros comerciales –esos nuevos foros- para evidenciar con Diógenes que cualquier cosa se puede hacer en cualquier lugar. Incluso el sabotaje.









































