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Las Entrañables Fiestas Navideñas

La Veranda de Rafa Rius

Hace XX siglos, en culturas y pueblos tan distantes y distintos como los japoneses, los lapones, los galos, los persas, los chinos, los hindús, Grecia, Roma y un largo etcétera, ya se celebraba que la posición del Sol en el cielo se encontraba a la mayor distancia negativa del ecuador celeste, con el consiguiente comienzo del aumento en la duración de los días y el principio del invierno; en todos esos lugares, se realizaban grandes festejos, se bebía, se comía y la gente se hacía regalos.

Pero como en tantas otras ocasiones, cuando llegó el cristianismo, fagocitó y patrimonializó unos festejos preexistentes para situar en ellos -de forma arbitraria- el nacimiento de su niño dios cuya existencia histórica ni siquiera está probada categóricamente y mucho menos en estas fechas concretas. Sin embargo, como ya tenían el calendario y el marco festivo apropiado, reconvirtieron el solsticio de invierno y las fiestas saturnales de Roma en la Navidad cristiana y santas pascuas.

Desde hace un tiempo, con la irrupción de las tradiciones nórdicas y anglosajonas, la mitología de estas fechas se ha enriquecido con la aparición de Santa Claus, el Papá Noël, su trineo, sus renos, sus abetos… todo ello muy contextualizado y globalizado (imaginemos a Santa Claus deslizando su trineo sobre la nieve de la playa de Copacabana) y que se unen a los Reyes Magos bíblicos para completar un doble escenario de negocio (- ¿Tú los regalos los haces bajo el árbol o para Reyes? – Bueno, pues para no quedar mal, en los dos)

Porque no convendría olvidar que en este escenario, cada vez pierde más peso el aspecto religioso de la cuestión – misa del gallo y demás rituales- sustituidos de manera imparable por la dimensión comercial del asunto, en un contexto en el que la mayoría de comercio, tanto directo como on line alcanza sus mayores cifras anuales de beneficios.

Todo este tinglao se nos presenta adecuadamente envuelto con la hipocresía de una ola agobiante de buenismo empalagoso hasta el 6 de enero, momento a partir del cual, ya podemos ser otra vez unos malvados. A todo ello habría que añadir que las familias se juntan -aunque sea una vez al año- y no siempre reina la paz (las distintas policías temen el turno de la noche del 24 de diciembre -la noche buena- por ser en la que más avisos de trifulcas familiares reciben en todo el año)

¡Pelillos a la mar! ¡Regocijémonos! El niño dios ha nacido una vez más, hasta el año que viene.

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