Trapecio

La Veranda de Rafa Rius

AFP PHOTO / INDRANIL MUKHERJEE

Cuenta Georges Perec en su genial e insólito texto “La vida, instrucciones de uso” que cierta vez hubo un trapecista tan ensimismado en su trabajo que cada vez le costaba más bajar de la barra en la que desplegaba sus piruetas. Pasaba la mayor parte de su tiempo en las alturas ensayando nuevos volantines hasta que llegó un momento en fue incapaz de bajar a tierra y llegó a cortar la soga que le permitía descender. Cuando llegaron los bomberos con su escalera mecánica, el trapecista, incapaz de soportar la vida en tierra, se lanzó al vacío y tras una parábola perfecta en el aire, se estampó contra la pista.

Muchas veces nos comportamos en la vida como ese trapecista. Enfrascados en lo que tiene que ver con nuestras desazones personales, ignoramos por completo lo que ocurre a nuestro alrededor. Distraídos con la compra del último cachivache inútil, con la clasificación de nuestro equipo de fútbol o entretenidos con las peripecias del programa basura del momento, rehusamos ser conscientes del sufrimiento de las personas que comparten nuestro mundo. Construimos una barrera infranqueable con lo que sucede a nuestro alrededor, porque ese no es nuestro problema.

Entretanto, diferentes genocidios y desastres de variada especie asolan el planeta ante nuestra mirada desafecta. Doscientos mil saharauis viven refugiados en el desierto malviviendo de la ayuda internacional desde hace más de 65 años. Miles de rohingyas se hacinan en una isla tan llana que en cualquier momento puede ser devorada por el Océano Índico. Centenares de palestinos son asesinados en una lucha sin otro futuro previsto por sus enemigos sionistas que no sea su desaparición como pueblo. Un sinnúmero de mujeres son violadas en países de África y Asia ante la indiferencia generalizada. Numerosos niños son raptados y llevados a una muerte segura con un fusil en la mano. Millares de migrantes son amontonados en insalubres campos de refugiados u obligados a volver a sus lugares de origen donde sólo les espera la desolación, la guerra o la muerte. Por no hablar de las cada vez mayores bolsas de pobreza al lado nuestro, en los llamados con infame eufemismo “países desarrollados”.

Sin embargo, el trágico error es que esos sí son nuestros problemas a pesar de nuestra pasividad indiferente. No somos inmunes a nada; viajamos todas en ese mismo barco y el tsunami puede llegar hasta nosotras en cualquier momento.

Y es que, como en el famoso poema alemán de los años 30 contra la indiferencia:

“Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron a por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron a por los sindicalistas y no dije nada porque no era sindicalista.
Luego vinieron a por los intelectuales pero como yo no era intelectual tampoco me importó.
Después vinieron a por mí, pero para entonces ya no quedaba nadie que hablara por mí.”

Tal parece que ignoremos que todas nos columpiamos en el mismo trapecio y en cualquier momento podemos caer.

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