Lañas

La Veranda de Rafa Rius

Érase una vez, en la muy remota antigüedad de hace dos generaciones, en los pueblos y barrios de las ciudades de ese territorio incierto conocido como España, en que la gente precaria se buscaba la vida como podía. Así, existían variados oficios de subsistencia frágil y ahora olvidados, todos ellos de elevado sentido ecológico obligado por la necesidad y centrados en la reparación, recuperación y reutilización de diversos objetos de uso cotidiano.

De tal manera que, existían, por sólo poner algunos ejemplos, los paragüeros, dedicados a arreglar y reponer varillas y telas de paraguas deteriorados por la lluvia y el viento; los pelejeros, que recogían las pieles de los conejos sacrificados en las casas como única fuente de proteínas; los silleros, que reponían los asientos de las sillas de cuerda, rejilla o anea, rotos tras varias generaciones de uso; las mujeres  que tras la ventana, subían con su pequeña máquina puntos de media que se habían corrido… En este contexto laboral, también existían los lañadores  que recorrían los distintos lugares reparando cántaros, ollas o tinajas a las que se le habían abierto grietas por su prolongado uso o su exposición al fuego. Estos protoecologistas, portaban entre su equipaje una especie de grapas metálicas de aspecto robusto, conocidas como lañas, que colocaban de uno a otro lado de la resquebrajadura y dejaban listo el utensilio para una segunda vida… o las que fuera menester.

En esos asuntos andaba divagando, pensando lo  procedente que resultaría en esta sociedad del despilfarro la recuperación de algunas de estas ocupaciones, cuando me cruzó la mente la imagen perturbadora y cansina de la situación política actual y mezclándolo todo un poco, pensé en lo bien que vendrían unas lañas en las diferentes fracturas por las que en estos momentos, se escapan en nuestra sociedad la coherencia y el sentido común.

En una situación como la actual en la que un abismo cada vez mayor de renta, de condiciones de vida, de bagaje cultural, separa irremediablemente a las personas y propicia su caída en las redes de oropel de tantos falsos profetas que venden humo y, en la maldita sociedad del espectáculo, predican sus mentiras por doquier, se echan de menos unas fuertes lañas que unan las dos partes de la brecha y tiendan puentes que las pongan en contacto de nuevo.

Vivimos en una sociedad dispersa y múltiple que se va haciendo y deshaciendo a cada instante, habitada por personas que ocultan o disfrazan su identidad, siempre manteniendo las distancias de seguridad y falsamente protegidas por una tendencia a la paranoia que hace que permanentemente desconfiemos del otro y lo consideremos habitante del otro lado de la fisura. Legiones de hombres y mujeres invisibles que sólo mostramos ante los otros nuestro interior vacío, en todo caso, repleto de banalidades y lugares comunes. Deambulamos perplejos por no lugares inhóspitos, huérfanos de sociabilidad, de paso hacia ninguna parte, en un nomadeo sin propósito y sin sentido.

Así, somos presa fácil para que los mayorales de los dueños del cortijo nos empujen con la percha y nos conduzcan sumisos hasta el redil que en cada momento les interese.

Insisto, sería bueno redescubrir esas lañas de defensa y mutuo sostén que nos permitan volver a unir y a unirnos en nuestra diversidad, para vivir de forma plena la única vida de la que disponemos, de tal manera que podamos redescubrir el auténtico sentido de un concepto tan manipulado y prostituido por obscenos intereses, como el de libertad.

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