La Veranda de Rafa Rius
Sabemos que los antiguos romanos conmemoraban la llegada del solsticio de invierno y el aumento progresivo de horas de insolación, con sus fiestas en honor de Saturno – que por cierto está mucho más visible y brillante estos días – (el planeta digo, no el dios). También sabemos que la Iglesia Católica, tras conseguir con Constantino el poder político en el Imperio, se adueñó del calendario y de las paganas fiestas Saturnales -en las que además de ofrecer banquetes y regalos, se celebraban orgías (vade retro Satanás) – para situar en ellas, de manera arbitraria y espuria, el nacimiento de su niño dios.
Hasta aquí nada nuevo, nada que la Iglesia no haya hecho en otras latitudes del calendario, sustituyendo el equinoccio de primavera por la semana santa o el solsticio de verano por san juan. Lo que diferencia la navidad del resto de usurpaciones eclesiásticas del calendario es su descubrimiento, tras la Revolución Industrial y el advenimiento del Capitalismo, de que era la ocasión perfecta para celebrar la gran fiesta del consumismo. La excusa poco importa. Poco importa si en esos días nació dios o su santa madre; el descenso desde remotas regiones boreales hacia el Sur de santa claus o el viaje hacia occidente de unos reyes magos y orientales. Lo que sí importa es celebrar la gran orgía del consumo. Comprar lo que sea de manera compulsiva y por lo general innecesaria, sin otro objeto que cumplir con un ritual impuesto al que nos lanzamos año tras año con total sumisión y con una fruición digna de mejor causa.
Pero he aquí que en el 2020 se ha presentado un invitado con el que no se contaba. El maldito virus ha cambiado por completo las reglas del juego navideño y ha trastocado radicalmente tanto los hábitos sociales como los planes de negocio. A la habitual pandemia navideña que se venia repitiendo año tras año y que, si tal vez no afectaba a nuestra salud física, sin duda afectaba a nuestra salud mental, se ha sumado la pandemia sanitaria con su séquito de restricciones de movilidad, toques de queda y enclaustramientos varios.
Entre muchas consecuencias aciagas y lamentables como la práctica imposibilidad del habitual reagrupamiento familiar y la consiguiente desaparición de momentos navideños tan entrañables como las célebres discusiones entre cuñados, podemos conjeturar que quizás haya algunos efectos positivos. De entre ellos podríamos destacar como muy valiosa la posibilidad de meditar, aprovechando los momentos de soledad, acerca del sentido de celebraciones tan tramposas y artificiosas como esa navidad que nos venden (nunca mejor dicho) todos los años por estas fechas.
Tal vez las mascarillas hayan servido paradójicamente para desenmascarar el juego de trileros navideño.











































