La Veranda de Rafa Rius
Cuentan las antiguas crónicas que hubo cierta vez un circo cuya máxima atracción era El Hombre que no Hacía Nada.
– Vaya, algo haría…
– Pues no, nada de nada: la nada más vacía, aparentemente absurda y absoluta.
Era la estrella del espectáculo. La gente acudía desde lejanos lugares para ver algo tan inaudito. Ocupaban sus localidades y miraban expectantes al centro de la pista donde nuestro hombre, con su silueta recortada por un potente foco, se hallaba sentado en una mecedora estática y absolutamente inmóvil. Al principio de manera discreta y después de modo más ostensible, un murmullo sordo proveniente del público comenzaba a subir de nivel.
Él permanecía imperturbable, con la mirada fija perdida en un ignorado horizonte. Pasaban dos minutos, veinte… y la figura estática permanecía inmóvil en su mecedora, ni siquiera el más leve balanceo interrumpía su perfecta calma. Las personas asistentes empezaban a no dar crédito a lo que veían. Algunas comenzaban a desfilar hacia la salida, otras permanecían como atadas a sus asientos con la boca abierta y la mirada atónita y dispersa. Poco a poco, el murmullo se convertía en clamor, comenzaban a oírse gritos airados, insultos, blasfemias, reclamaciones del dinero pagado por la entrada… De pronto, la figura estática se levantaba con parsimonia de la mecedora y recorriendo lentamente el perímetro de la pista reclamaba silencio. Tras conseguir la atención de los espectadores, se dirigía a ellos con una sola frase:
– “El espectáculo sois vosotros”
En ese momento, se apagaban todas las luces y en el interior de la carpa se instalaba una oscuridad ominosa: el espectáculo había terminado.
Las personas solemos ir al cine a mirar películas, a que las imágenes que observamos nos cuenten cosas, pero hay unas pocas ocasiones en que cambian los roles y algún personaje de los que aparece en la pantalla, nos mira a nosotros. Y ahí nace nuestra perplejidad, al pasar de observadores a observados.
Samuel Beckett rodó en 1965 un film titulado “Film”, en él, en los primeros planos en los que Buster Keaton permanece sentado en su mecedora, es su mirada la que nos observa; tal parece que, traspasando la pantalla, nos interrogue sobre los absurdos de nuestra existencia y, como en buena parte de su filmografía, sus ojos nos estén preguntando: “¿qué pasa aquí?, no entiendo nada”.
En ocasiones, el absurdo contiene más elementos lógicos que un logaritmo. La extensa obra de Beckett, fue construida desde la convicción de que aquí no hay dios (literalmente) que entienda y menos que explique nada; y en ese panorama, las personas no somos sino náufragos en busca de unas migajas de sentido, esperando ingenuos a un Godot que sabemos de sobra que nunca llegará.
Pues bien, cambiando un poco de tema, parafraseando y parodiando lo sugerido anteriormente, resulta que disfrutamos de una clase política institucionalizada y profesionalizada, acampada en los distintos foros y parlamentos, que viene a demostrar a diario la vigencia del dolce far niente y que está repleta de hombres y mujeres cuya característica definitoria es su denodado trabajo de no hacer nada (se entiende que, nada provechoso para aquellas personas que más necesitarían de su acción decidida y honesta para paliar algo sus múltiples precariedades, porque de dislates, despropósitos y disparates van bien servidos) su principal afán –además de repetir en el cargo en las siguientes elecciones, para servir al pueblo como ya sabemos- parece consistir en “no menealla” es decir, en no hacer nada que pueda interrumpir el tranquilo devenir de una cotidianeidad carente de sorpresas y sobresaltos.
Cuando algún acontecimiento inesperado y funesto viene a interrumpir el tranquilo discurrir de sus días, se les ve deambular y trastabillar atónitos y aturdidos, como diciendo: “-esto no estaba previsto, esto no debería estar pasando”. Tras lo cual, buscan una cabeza de turco a quien culpar de todos sus errores y desmanes, esconden la cabeza bajo su cargo y esperan a que pase la tormenta para seguir haciendo de las suyas.
Son personas Nada cuyo nombre, como diría Odiseo, es Nadie.











































