Resiliencia y procrastinación obligada

La Veranda de Rafa Rius

Dando un paseo por los márgenes del actual contexto, estos días de reclusión obligada secuenciada en fases, están sirviendo para muchas cosas, por ejemplo para que comprendamos mejor la situación insoportable de las personas presas, y en otro ámbito muy distinto para que salgan a relucir algunos conceptos propios de la psicología que ignorábamos o teníamos olvidados. De entre ellos vamos a fijarnos ahora en dos: la resiliencia y la procrastinación o postergación.

La resiliencia, que es un concepto de semántica amplia y viene a dar cuenta de la capacidad que posee una persona para superar circunstancias traumáticas. No sólo como demostración de su determinación de ir más allá de una adversidad sino también de su mayor equilibrio emocional, soportando mejor la presión frente a situaciones de estrés y huyendo tanto del determinismo genético (caracteres innatos) como del determinismo social (influencia de hermanos o amigos del barrio)

Si bien empezó siendo un factor propiamente individual, posteriormente se entendió también como un proceso social comunitario, en el que las sociedades en situación de estrés, interpretan ese estrés como un desafío a su capacidad de hacerle frente. Estos tiempos están poniendo a prueba la capacidad de resiliencia de nuestra sociedad.

En cualquier caso, no se trataría de una cuestión de optimismo o pesimismo sino de la confianza en uno mismo a la hora de afrontar los retos que la vida plantea, así como la lucidez a la hora de interpretar y encauzar los acontecimientos, organizando estrategias para hacer lo más adecuado con las posibilidades que se tienen a mano y saliendo incluso reforzado de las situaciones adversas.

En otro orden de cosas bien distinto, la procrastinación, o postergación, podemos entenderla como la acción puntual o la costumbre de posponer situaciones o actividades que deberíamos atender en el presente. Podríamos resumirla en la popular frase “hoy no… mañana”. Los que padecemos este feo vicio maravilloso, tenemos en estos momentos la excusa perfecta porque el confinamiento impide efectivamente la realización de numerosas actividades y tareas pendientes que nos están vedadas por razones obvias, pero como digo no es más que una excusa. El inefable placer de la pereza -que la Iglesia, siempre atenta a reprimir, se apresuró a situar con los pecados capitales- la deliciosa sensación de dejarse llevar por la indolencia mientras vemos transcurrir el tiempo a nuestro lado como si la cosa no fuera con nosotros, es algo que la actual situación de enclaustramiento pone en evidencia.

Frente a la máxima de “el tiempo es oro” la de “el tiempo es sólo tiempo” frente a “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” el “no hagas hoy lo que puedas dejar para mañana”. “Haz lo que desees cuando lo desees”.

Veremos cuando la reclusión acabe y el sentido práctico y utilitarista de un tiempo de relojes y calendarios inaplazables se imponga; veremos si somos capaces de volver a nuestros hábitos cotidianos de un tiempo cronometrado y cautivo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies