Silencio y algarabía

La Veranda de Rafa Rius

“El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención pública de los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes.( ) Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un cortocircuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos”.
(Noam Chomsky, del texto: “Armas silenciosas para guerras tranquilas”)

Como indica Chomsky en su acertado y revelador título, en el seno de las sociedades capitalistas y mientras las cosas no se les desmanden, las guerras son tranquilas y se hacen empleando armas silenciosas. Ya no es necesario, salvo error o situación de extrema emergencia, el sacar los tanques a las calles. Basta con manipular adecuadamente y en discreto silencio los mecanismos de control a su disposición, puestos en sus manos en la mayoría de ocasiones – voto mediante – por las propias personas damnificadas por ellos.

Esas guerras, perfectamente “democráticas”, se suelen librar en los parlamentos y gobiernos municipales, adecuadamente mediatizados por las consignas y los grupos de presión del poder real para que, si por azar o despiste se les cuela en ellos algún grupo político con pretensiones transformadoras, sea neutralizado con presteza por el resto de grupos defensores del statu quo social imperante, para que la sangre no llegue al río y todo siga siendo como sus dioses mandan.

Teniendo en su poder la práctica totalidad de los medios de desinformación y formación de conciencias sumisas, pueden dedicarse con toda tranquilidad a sus trapicheos de altos vuelos en la seguridad de que todas aquellas personas que pudieran resultar potencialmente peligrosas, andan adecuadamente distraídas con el partido de fútbol del siglo, la boda del milenio o persiguiendo el señuelo del último embrollo electoral.

El problema para el buen orden reinante, podría aparecer cuando en algunos lugares como el Estado Español de ahora mismo, desaparece el silencio y su lugar lo ocupan el galimatías, el guirigay, el lío, la algarabía, la confusión, el mucho hablar y el poco escuchar, porque “la razón siempre está de mi lado, yo se de sobras de qué va la cosa” y el culpable indefectiblemente, siempre es el otro.

El problema podría surgir cuando en los parlamentos, las tertulias, las barras de bar o las reuniones de vecinos, las personas conformamos un farragoso gallinero en el que nos movemos con total ausencia de sosiego y reflexión porque lo que prevalece es el componente emocional que, como nos recuerda Chomsky, es el más adecuado para entrar a saco en el inconsciente y, una vez allí, inducir comportamientos e imponer la estrategia del miedo que tan buenos resultados les viene dando.

Pero no, que nadie se alarme. Ese guirigay que parece formar parte del problema, también forma parte de la solución para que todo fluya en su previsible devenir. Ese gallinero mediático y social en el que parece que el sentido se diluya y sea imposible discernir algunas migajas de significado, no es casual ni gratuito. Cuando el silencio se revela insuficiente y las tropelías de los servidores de Estado y Capital (¡vaya pleonasmo!) son tan descaradas que resultan difíciles de encubrir con un velo de mutismo, se monta un guirigay suficientemente potente como para que las personas obedientes perdamos nuestras ya escasas energías mientras clamamos sinsentidos contra lo que sea, da igual que se trate de disparatar sobre el derecho a decidir en Catalunya, el caso Gürtel, los ERE en Andalucía, los supuestos “privilegios” de las personas migrantes o el último crimen mediático; el caso es leer poco, reflexionar menos y dedicarnos con fruición a repetir como loros lo que hemos ido pillando aquí y allá y hacerlo con total convicción huérfana de toda lógica y a ser posible a voces, para que resulte más difícil escuchar y entender nada.

Silencio o algarabía, según convenga, forman parte de la misma estrategia de distracción para evitar que pensemos, desarrollemos nuestro sentido crítico y acabemos por descubrir la trama de la farsa.

Frente a ello, la reflexión, la duda metódica sobre todo lo que llega hasta nosotras –incluidas por supuesto estas palabras. La falta de fe siempre ha sido el camino más adecuado para intentar entender algo de lo que pasa.

Un comentario en “Silencio y algarabía

  • el 24 noviembre 2019 a las 22:18
    Permalink

    Un ácrata en camiseta inspirado en la filosofía del cagallero de la Tenaza

    El juego diabólico de los Chirinos y Chanfallas que tan bien saben aplicar a las gentes del común, se basa siempre en la irracionalidad de la «fe», de la pereza mental de quienes no tienen conciencia de si mismos como sujetos, sino como números y en toda colectividad, sea religiosa, presuntamente social o política llevan implícita en su genética esa fe del carbonero.

    Chomsky acierta plenamente en su análisis de la manipulación del Vulgo (vulgo y número van cogidos de la mano) a través del lenguaje y no estaría de más repasar la controversia que Chomsky tuvo con el imbécil útil de Foucault, partidario este último de la tesis de que somos «lenguaje» y que el lenguaje se puede deconstruir a placer o capricho y a su vez no salirse de la asepsia y la comprensión racional del mismo. Paradojas de la ausencia de toda lógica y un campo abonado para que los Chirinos y Chanfallas desplumen a las avecillas, que gregariamente necesitan de un acto de fe. Pero debajo de esa epidermis de camuflaje hay un filómeno que pasa desapercibido y es que ese Vulgo, amparado en el número, no es otra cosa que la sobreactuación forzada de un bufón, sujeto a la exigencia de un guión.

    Emili Justicia

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