Blade Runner: time to die

La Veranda de Rafa Rius

En noviembre de 1982 llegó a los cines ‘Blade Runner’ (Cazarecompensas) la cinta de Ridley Scott que acabó por convertirse en objeto de culto cinematográfico. Adaptaba libremente la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” de Philip K. Dick y mostraba una visión del futuro de la ciudad de Los Ángeles en el noviembre del año 2019.

Pues bien, ya estamos en noviembre de 2019. Mientras sigamos vivos es obvio que todo futuro acaba por atraparnos y cualquier ficción acaba por dejar de serlo. Lamentablemente, hasta las más terribles distopías producto de la imaginación, acaban por quedarse cortas ante la realidad histórica y terminan revistiéndose de un despiadado barniz naïf. De la misma manera que “1984” de Orwell ya había dejado muy atrás sus previsiones catastrofistas de control social a la altura del año 1984 y su malvado Gran Hermano, degradado a programa de telebasura, ya resultaba un tierno corderito al lado de los mecanismos de vigilancia e intervención puestos en marcha a la sazón por los distintos poderes, también en el 2019 de Blade Runner la fecha se ha visto desbordada en muchos casos por la realidad de ahora mismo.

Comparando nuestro 2019 con el 2019 que nos muestra Blade Runner, vemos que acierta en algunos de los aspectos más importantes de sus predicciones. Es bien cierto que todavía no contamos con coches voladores ni parece que a corto plazo vayamos a colonizar otros planetas, pero de otro lado, esa mezcla extraña de idiomas –la neolengua- con la que se comunican sus personajes nos puede parecer más próxima al galimatías de emoticonos y abreviaturas que colonizan nuestras pantallas y constituyen elementos definitorios de nuestros hábitos de relaciones interpersonales. Por otra parte, la bioingeniería avanza cada vez mas deprisa y contamos con unos robots cada vez más sofisticados, más en su papel de androides replicantes y por último, pero no en último lugar, esa atmosfera sucia, ominosa, que se palpa en la película tras un apocalíptico desastre ecológico, nos resulta cada vez más familiar ante nuestro desastre ecológico más inminente y cotidiano.

El problema de predecir un Armagedón a plazo fijo, como muy bien saben ciertas sectas cristianas, es que una vez cumplido el plazo sin que nada ocurra, siempre tienen que acabar rectificando con lo que ello supone de desgaste para sus atributos proféticos. Con las predicciones literarias ocurre algo similar, con la notable ventaja a su favor de que nunca traspasan las reconocidas fronteras de la ficción y además no pretenden engañar a nadie vendiendo su producto ilusorio y embaucador.

 Este año, el de la temible distopía de Blade Runner, es también el de la muerte de Rutger Hauer, el gran actor que interpretaba a Roy Batty, el replicante obsesionado por su mortalidad y herido por el tiempo, quien moría sentado en una terraza desvencijada y decadente, acariciado por la lluvia, con la mano atravesada por un clavo y pronunciando el monólogo más citado de la ciencia-ficción contemporánea:

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

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