Municipalismo y anarquía: insumisos al poder estatal

La Veranda de Rafa Rius

«Un pueblo, cuya única función política es la de votar delegados, no es pueblo en absoluto es una «masa» «

Murray Bookchin

Si aceptamos la afirmación de Eliseo Reclùs de que la anarquía es la máxima expresión del orden, en el sentido de que es un orden autoimpuesto por coherencia personal y no obligado desde fuera por instancias de poder supraindividual, habremos de considerar la afirmación de Bookchin que recoge la cita inicial, desde un punto de vista según el cual, delegar en otras personas la propia libertad de acción y elección convierte al individuo en masa amorfa y maleable.

Los partidarios de mantener el actual statu quo social así como aquellos que dicen querer cambiarlo “desde dentro”, pretenden hacernos creer que hacer política es sinónimo de hacer política parlamentaria, como si cualquier actuación política fuera de los distintos parlamentos fuera un juego inútil y una perdida de tiempo y energías porque sólo es en “sede parlamentaria” donde se consigue, mediante leyes ad hoc, modificar la realidad, cuando, según nos muestran hasta la saciedad pasadas experiencias, es precisamente todo lo contrario. En contadas ocasiones las leyes surgidas del poder legislativo han servido para mejorar en algo la vida de las personas más necesitadas de ello.

Parece evidente que hay que ampliar el espacio de acción política más allá de los parlamentos -y no sólo de manera retórica apelando a los colectivos sociales porque queda bien cuando se acercan las elecciones. Por otra parte, ampliar esos espacios, no significa negar toda forma de representatividad pero sí comenzar por aquellos ámbitos más cercanos, lo cual viene a significar más accesibles y más controlables. Si hay que empezar por algún lugar, ha de ser por el principio: de abajo a arriba, por el ámbito local, donde las personas y sus actuaciones públicas se conocen mejor y se puede intentar dialogar con ellas y, si llega el caso, fiscalizar sus atropellos; así que sería en el campo del municipalismo libertario donde deberíamos empezar a buscar respuestas.

El estudio y análisis de la creación de colectividades a partir de la Revolución Española de 1936, sería un buen punto de partida. En palabras de Anastasio Ovejero, “no cabe ninguna duda de que fueron las circunstancias concretas del golpe militar fracasado lo que posibilitó esa “revolución social”. Y lo hizo al menos a estos dos niveles: por un lado, los obreros, sumamente irritados con las tradicionales clases poderosas en España (los terratenientes, la iglesia y el ejército) a causa de décadas de sufrimiento, trabajo y hambre, tomaron en sus manos las riendas de los acontecimientos como respuesta al golpe de estado orquestado conjuntamente por esos tres sectores sociales dominantes; y por otro, el fracaso del golpe militar en gran parte del territorio nacional, gracias en gran medida a la resistencia obrera, creó un vacío de poder que fue rápidamente ocupado por los trabajadores organizados principalmente por los libertarios, que pusieron en marcha un orden social nuevo, basado en la libertad, la igualdad y la solidaridad: en eso consistieron esencialmente las colectividades. Y su éxito se basó sobre todo en que satisfacían las principales necesidades humanas de pertenencia, de identidad, de cooperación y de autonomía, dándoles a sus miembros el sentido de que controlaban los acontecimientos que afectaban a sus propias vidas. ( ) de alguna manera podemos decir que la revolución libertaria de 1936 fue la respuesta de los ciudadanos y de los pueblos, de la industria y del campo no sólo a los militares golpistas sino también a la crisis económica del 29 y, por ello, al propio sistema capitalista que es el que la había provocado.”

Así pues, tomando el estudio de las colectividades como punto de partida crítico y por supuesto, con la adecuada contextualización al momento socioeconómico actual, marcado por el neoliberalismo, la crisis de la vieja izquierda y el auge de la extrema derecha, en un momento de hiperconsumo e hipertecnologización de la sociedad, podríamos empezar a considerar el municipalismo libertario, entendido de una manera contextualizada, abierta y heterodoxa, como alternativa y punto de partida para la reflexión y la acción.

Harina de otro costal es lo que entendemos por municipalismo libertario, donde hay puntos de vista muy diferentes acerca de la forma de organizarse y actuar; visiones que de alguna manera habría que armonizar.

En cualquier caso es un reto que habría que asumir si queremos avanzar en el camino hacia la lejana ciudad de Utopía.

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