Retórica y poliacroasis

La Veranda de Rafa Rius

Si, en la definición de retórica, alejándonos irremediablemente del concepto latino del ars bene dicendi, nos quedamos con la definición habitual de: “Conjunto de reglas o principios que se refieren al arte de hablar o escribir de forma elegante y con corrección con el fin de deleitar, conmover o persuadir” o quizás con más propiedad con la 3ª acepción de retórica en el DRAE: “Sofisterias y razones que no son al caso”, tal vez pudiéramos entender algo del discurso con el que nos bombardean sin piedad en esta historia interminable de una campaña electoral con apariencia de eterna.

Visto así, habría que enfocar el discurso político como un discurso sustancialmente publicitario encaminado al fin último, no como cabría pensar con ingenuidad, de mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos, sino más bien, de conseguir el voto para su partido en la cita electoral. Y siendo así, se resuelve y disuelve en una retórica que aglutina procedimientos persuasivos de variada tipología que se acoplan perfectamente con todo un conjunto de componentes pseudoculturales, convirtiendo las ideas en marcas y los mensajes en elementos propios de una sociedad dominada por el mercado.

En este contexto, cabría tomar en consideración la poliacroasis, -término puesto en circulación por Tomás Albaladejo y formado a partir de la palabra griega akróasis(‘audición’, ‘intepretación’) y el prefijo polý- (‘múltiple’)- y que se refiere a los procesos múltiples y plurales de audición e interpretación de los mensajes y nos permite explicar la pluralidad y diversidad en la recepción de los discursos, siendo una noción fundamental para entender el carácter persuasivo del discurso publicitario-electoral. El mensaje, que viaja por distintos canales entre el emisor y los receptores, está sujeto inevitablemente a los distintos avatares de una hermenéutica que no puede dejar de contemplar los distintos contextos interpretativos de quien recibe la comunicación. En cualquier caso, la retórica del discurso electoral está encaminada a limar y limitar las diferencias en la interpretación del mensaje mediante la utilización de comunicados simples que apelen a elementos emocionales, huyendo de planteamientos racionalistas que puedan hacer pensar y así, poner en peligro la efectividad de lo que se pretende, que no es sino atraer sus votos a la urna.

El contenido del mensaje, cuanto más simple, más directo, más unidireccional y más carente de matices y sutilezas, tanto mejor.
Y sobre todo, que no deje el menor resquicio para que penetre ningún componente racional que pueda ensombrecer y complicar la nitidez del propósito comunicativo. Aunque siempre hay un tipo de receptor prioritario en función de los grupos de edad, el hábitat rural o urbano, o la situación económica, no importa tanto la tipología del potencial votante como su receptividad a unos determinados planteamientos demagógicos.

Nos esperan tiempos vacíos de argumentos y repletos de tópicos y posverdades en los que todo valdrá –una vez más, el fin justificaría los medios- con tal de conquistar la codiciada papeleta.

Parafraseando a Gorgias, padre de la retórica clásica, no se trataría tanto de explicitar el mundo a través de las palabras, como de secuestrar  las voluntades votantes.

2 comentarios sobre “Retórica y poliacroasis

  • el 27 febrero 2019 a las 20:51
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    «Proposeu un tema» era la màxima del gran Gòrgies de Leontins. Ell pensava que tot argument era susceptible de ser defensat i atacat alhora perquè la veritat era possible trobar-la en la mateixa dialèctica. Per a la seua desgràcia es va topar amb el nefand Plató que va convertir els sofistes en simples engalipadors. A diferència nostra aquella Atenes era una democràcia -probablement millorable per als ulls del segle XXI- mentre això que patim cada dia en les nostres societats no és més que una putrefacta i immunda oclocràcia tecnológica. Salutacions cordials.

  • el 28 febrero 2019 a las 12:17
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    Cert. Caldria matissar en cada cas el valor de veritat d’allò que anomenem -generalitzant- sofismes, però de bestreta, partim del fet que qualsevol argument podria ser defensat, la qual cosa ens porta a que qualsevol disbarat pot ser raonat, per absurdes que ens semblen les raons emprades per qué ben segur que algú el compra. En temps de posveritats líquides, eixemples en tenim a cabassades.

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