Carrusel

La Veranda de Rafa Rius

Un carrusel es la mejor imagen de lo recurrente. Subes en un punto determinado de la circunferencia, montas un caballito que sea de tu gusto, te sujetas a la barra metálica que lo atraviesa y cuando comienzas a cabalgar, descubres que el movimiento no es lineal y que lejos de alejarte del punto de partida, a los pocos segundos vuelves a pasar por el lugar donde iniciaste el viaje. Y eso ocurre una vez y otra y otra… hasta que se acaba la duración del billete.

Tal que así ocurre en la vida que llamamos real en la que no sólo repetimos demasiados trayectos circulares sino que en ese recorrido, tropezamos a menudo con las mismas piedras. En el campo de las relaciones humanas solemos dar vueltas y más vueltas sobre lo mismo. Cuenta Dashiell Hammett en el Halcón Maltés que un detective de la agencia Continental intentaba encontrar a un hombre desaparecido que hasta entonces parecía perfectamente adaptado, con casa, trabajo, mujer y dos hijos y que un buen día se esfumó sin dejar huella. Una vez lo hubo encontrado en una ciudad vecina, alegó que había abandonado su hogar porque quería cambiar de vida. El pasmo del detective fue mayúsculo cuando descubrió que el hombre en cuestión vivía a pocos quilómetros de su anterior domicilio y con una casa, un trabajo, una mujer y unos hijos muy similares a aquellos que había abandonado… Parecemos condenados a la redundancia.

El mundo de la política es especialmente propicio para vivir esa sensación de déjà vu que nos hace pensar que por ciertos lugares ya habíamos pasado en otras y excesivas ocasiones. La gran habilidad de los charlatanes de la política profesionalizada es hacernos creer que, aunque estemos toda la vida dándole vueltas a la noria, aunque hayamos repetido cincuenta veces el mismo trayecto, el mismo error, cada vez es distinta. “Venimos a traer el cambio” -nos cuentan desde las más diversas posiciones parlamentarias: “las otras veces, quizá no, pero ahora si que va a ser diferente, cabalgaremos en línea recta hacia un brillante horizonte de promesas cumplidas” -nos dicen. Y nosotros, crédulos como somos, volvemos a subirnos a su caballito para descubrir al poco que volvemos a estar donde solíamos y que nada ha cambiado en la eterna rueda de la sumisión voluntaria.

Cuando avistan la llegada de unas nuevas elecciones, reúnen a todo su think tank de asesores especialistas en trolas y posverdades y afinan su estrategia de cara a la elaboración de un programa con la confianza de que casi nadie lo va a leer, pero eso sí, repleto de aquellos tópicos y trivialidades que suenen a verdades incuestionables y que más votos piensan que pudieran atraer, habida cuenta de que, una vez en posesión de su cargo, nadie va a exigir su cumplimiento y, en cualquier caso, siempre se podrán hallar suficientes explicaciones más o menos convincentes para tapar cualquier desaguisado y, en último extremo, si hay algún descuido causado por una excesiva confianza en su impunidad, la sangre no llegará al río porque siempre habrá jueces comprensivos, deudores de algún favor, que alivien los posibles aprietos judiciales en que se vean atrapados.

Y así, tras algún que otro susto para nuestros queridos corruptos, con breve paso por la cárcel incluido, vuelta a empezar en otro nuevo giro del carrusel que nos lleve del mismo sitio al mismo lugar.

Un comentario sobre “Carrusel

  • el 22 enero 2019 a las 22:57
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    Un Ácrata en camiseta

    El engaño de todo este juego macabro estriba en que el personal confía sus vidas a estos fulleros de la palabra, autodenominados ¡Paladines de la democracia!. Son sus maniobras verbales, como bien dice el articulista; autentica «ciencia» en la manipulación de la conducta de ese Vulgo que se deja arrastrar, como vulgar culebra por territorio inhóspito y lleno de espinos, hacia un horizonte que tanto retrocederá, como tanto repte ese Vulgo con su voluntad de culebra. Tiende así el Vulgo esa querencia hacia el mito de Sísifo.

    En cuanto al héroe de Dashiell HAmmett , es tan plano y tan gris como su mismo autor. Para acabar en los brazos de otra Circe no hace falta el hacer semejante viaje. La segunda es tan despreciable como la primera y, cuando un hombre se cree ese viejo y tramposo mito platónico, de la naranja dividida en dos mitades, está condenado al infierno de los hombres y de sus leyes. De ello se deduce que la originalidad de D. Hammett es más que cuestionable. De igual modo, es cuestionable lo que alguna feminista pueda decir o pensar, de este comentario un tanto cargado de misantropía, más, cuando este en absoluto es gratuito.

    Emili Justicia

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