La Veranda de Rafa Rius
Políticos de la impoluta Unión Europea, de las Naciones Unidas del paripé. Hatajo de canallas. Inmunda sarta de cobardes asesinos encubiertos que no ensucian sus blancas manos putrefactas con sangre ajena. Se limitan a hablar y hablar, tomando inicuas decisiones sobre la masacre parapetados tras unas ideologías y unas leyes que los protegen. ¿Frente a quién? Frente a cientos y cientos de miles de personas indefensas que huyen de una muerte segura -que, entre otros, los países colonialistas han propiciado- para ir al encuentro de una muerte lenta e indigna.
En nuestros aciagos días, el huevo de la serpiente fascista se incuba de nuevo con fuerza en numerosos Estados de eso que llaman “vieja Europa” – más que vieja, caduca, porque sus ideales de democracia y libertades yacen sepultados bajo miles de toneladas de todo tipo de vergonzosas vilezas. La xenofobia campa a sus anchas por doquier mientras los partidos que la utilizan como bandera, la rentabilizan electoralmente. Francia para los franceses, Polonia para los polacos, Hungría para los húngaros (siempre que no sean gitanos…) Muchos obreros en paro, incluso muchas de las personas en mayor situación de precariedad, rechazan a los que llegan de otros horizontes. Cuando nunca han poseído nada, proclaman indignados: “¡Vienen a quitarnos lo nuestro!” y no se preocupan en absoluto de poner en su sitio a los verdaderos responsables de sus miserias porque piensan en su ingenua ignorancia, que de sus indignas riquezas, si se portan bien, algunas migajas les caerán. En estos momentos, el “viejo continente” se deshace por las costuras y nadie parece saber como remendar este lento suicidio.
A todo esto, en nuestra amada España, nuestros no menos amados políticos, muy democráticamente elegidos por aquellas personas que votan, incumplen sistemáticamente los compromisos adquiridos sobre acogida de refugiados y, eso sí, se enzarzan en interminables reuniones para dilucidar aspectos muy importantes acerca de la condición sexual de los demonios y conseguir por fin formar un gobierno que nos lleve desde la nada hasta las más altas cumbres de la miseria. Entretanto, su majestad Felipe VI y su santa esposa, viajan a Niuyór para declamar cuatro banalidades tópicas y mentirosas ante la Asamblea General de Naciones Unidas sobre un tema como el de las personas refugiadas, que les tiene hondamente preocupados y mientras, nosotros, sus dolientes súbditos, silbamos, miramos hacia otra parte y llenamos de turistas -y de paso degradamos- playas y montañas, al tiempo que vamos a votar cuantas veces nos lo pidan porque para algo nos han dicho que vivimos en democracia y nuestro gobierno es del pueblo y para el pueblo. Y lo que es peor: al parecer nos lo hemos creído.
Durante la misma secuencia temporal, muchos miles de hombres, mujeres, ancianos y niños, personas obviamente tan dignas como cualquiera de nosotros, olvidadas por casi todos –porque nada económicamente rentable tienen para ofrecer y por tanto a quién interesan- deambulan famélicas, exhaustas, atónitas y desesperadas por una tierra ajena, se encuentran recluidas en campos de concentración o abarrotan los CIE, por el único azaroso delito de haber nacido en un tiempo y un lugar, al parecer equivocados.
¿Es un capricho del todopoderoso destino? ¿Son unos hados infaustos y denodados los que han llevado a los migrantes a tan dramática situación? No, es un crimen. Un crimen de lesa humanidad en el que todos los que habitamos Europa, por acción u omisión -y obviamente unos mucho más que otros, tenemos nuestra cuota de responsabilidad.
Entretanto, los dueños del cortijo disfrutan del espectáculo y aparentan ignorar que, a estas alturas del nuevo milenio, nuestras maravillosas sociedades cibernéticas, serán mestizas o no serán.








































