La Veranda de Rafa Rius
De un tiempo a esta parte, a la ilimitada estupidez de la misoginia se ha venido a sumar la práctica social, progresiva y muy políticamente correcta de la misoandria, useasé: la descalificación y culpabilización genérica de cualquier individuo del sexo masculino por el mero hecho de pertenecer a él.
Un ejemplo entre muchos bastaría para ilustrar lo dicho: cada vez que conocemos un caso de malos tratos a una mujer – y lamentablemente , y a pesar de las leyes, son cada vez más frecuentes y graves- , hay numerosos sectores del orden establecido para los que resulta inevitable generalizar. Tal parece que todos los del sexo colgante hayamos participado en la vejación: en un momento dado, todos somos sospechosos y directamente catalogados como maltratadores en potencia, ignorando con toda intención que habría que perseguir al maltratador por el hecho de serlo no por formar parte del sexo masculino. “- ¡Es que los hombres… ya se sabe…!” Y en ese saco entramos todos. Para qué andarse con matices y sutilezas.
Habría que arbitrar medidas realmente efectivas que protegieran a las mujeres maltratadas y asesinadas por determinados hombres, además de un estudio psico-sociológico acerca de los complejos roles de hombres y mujeres en nuestra sociedad y de cómo interactúan a partir de distintas patologías – miedo, celos, sentido de la propiedad, sublimación de determinados complejos a través de la violencia…, y más allá de todo ello, en cada caso concreto habría que hablar de los individuos concretos implicados en él.
Un segundo ejemplo sería el tenebroso tema del “fifty-fifty” participativo. En estos momentos, cualquier partido político u organización social que se precie, tiene que reservar por decreto autoimpuesto la mitad de sus cargos directivos para mujeres. En aras de la paridad – que nunca ha sido tal, ya que los puestos de mayor poder suelen ser copados por el 50% correspondiente a los hombres (véanse los cuatro fastuosos “lideres” que compiten en las actuales elecciones) – se pasa por alto la total falta de respeto que supone la ruin condescendencia, el considerar que las mujeres padecen algún tipo de discapacidad que obligue a tratarlas graciosa y arbitrariamente como especie necesitada de especial amparo, en lugar de pensar que las mujeres tienen, de manera obvia, los mismos derechos y capacidades y por tanto bastaría con dejar de discriminarlas. De nuevo entra en danza la vieja idiotez del varón protector que cede –no lo olvidemos, cede- amable e indulgente, parte de su cuota de poder como demostración de su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos. Y algunas mujeres reciben alborozadas esas migajas porcentuales procedentes de la “discriminación positiva” como botín de una supuesta victoria. Al parecer, pasan por alto que la expresión “discriminación positiva” – como la de “agua seca”- es una aberración semántica, un absoluto oxímoron que sólo tendría sentido como licencia literaria. Para los que procuramos respetar por igual cualquier clase de sexo, no tiene sentido ningún tipo de preeminencia de alguno de ellos sobre los demás. Deberíamos luchar contra cualquier discriminación de la mujer en razón de su sexo sin que ello suponga la aceptación de ningún estigma por el, poco propicio al orgullo, casual y simple hecho de haber nacido hombre.
Quizás, lo más curioso sea el hecho de que en la mayoría de ocasiones resulte ser el sentido de culpa, la propia mala conciencia masculina, la que genera la susodicha misoandria. Somos los propios hombres los que parece que continuamente tengamos que estar haciéndonos perdonar nuestra condición, soslayando la evidencia de que cada individuo -sea del sexo que sea- es únicamente responsable de sus propios actos.
Yo, ya tengo bastante con ser reo de mis propias y abundantes contradicciones y necedades como para tener que echar sobre mis espaldas la pesada carga de las majaderías y atrocidades del resto de los machos de mi especie.
Del mismo modo que no tengo por qué sentirme orgulloso o culpable por el hecho, evidentemente azaroso, de que me “hayan nacido” en Europa, tampoco debería sentirme orgulloso o culpable por el hecho, igualmente aleatorio (de momento), de haber nacido hombre.
Ni homofobia, ni transfobia, ni misoginia, ni misoandria. Ser igual en derechos implica la ausencia total de condescendencias o discriminaciones, incluida la positiva. La solución posiblemente vendría por otro lado: en la progresiva construcción social de un espacio -de momento utópico- no piramidal, sino real y consensuadamente horizontal, en el que seguramente desaparecería el problema: muy probablemente no habría violencia si no existiera sentido de propiedad (“ni mía ni de nadie…”) no harían falta cuotas de poder a repartir si no existiese un poder coercitivo que conquistar.
En ello estamos.








































