Kaspar Hauser en Panamá

La Veranda de Rafa Rius

images-2Las disquisiciones acerca de la verdad y la mentira son tan viejas como el lenguaje. Desde que las personas comenzaron a hablar y por tanto a comunicarse, descubrieron la posibilidad de mentir. Cuando Herzog sitúa en su película a Kaspar Hauser ante unos supuestos sabios que lo evalúan, estos lo interrogan acerca de la doble negación proponiéndole un juego de lógica: “En un camino te encuentras con una encrucijada que lo bifurca. Una de las trayectorias te lleva a una ciudad en la que todos sus habitantes mienten. La otra a una ciudad en la que todos dicen verdad. Un caminante se acerca. ¿Cómo, con una sola pregunta, discernirías de que ciudad procede?” Ante la perplejidad de Kaspar, proceden a explicarle los vericuetos lógicos de la doble negación. Muy lejos de tan rebuscado proceso racional, Hauser propone otra solución: “Yo le preguntaría si es una rana verde. Si dice que sí, es que miente”. En ocasiones, la sencillez e incluso la ingenuidad más candorosa, resulta un arma mucho más poderosa y adecuada para analizar la realidad que los más inextricables razonamientos.

A todo esto andaba yo dándole vueltas a propósito de los ya tan sobados y explotados por unos y otros, Papeles de Panamá. Dejando a un lado las múltiples y denodadas hipocresías de los implicados y ese extraño sentido del patriotismo del que hacen gala, una cuestión subyace como subtexto o telón de fondo de toda la movida panameña: la vieja disyuntiva de la verdad y la mentira. El coro de plañideras es unánime y recurrente: “Yo no sabía nada… no me acuerdo… jamás he sido titular… esa no es mi firma… no me consta…” ¿Cómo dilucidar si hay algo de verdad entre tal hojarasca de mentiras? ¿Habrá que preguntarles si son ranas verdes?

Haciendo abstracción de sutilezas propias de la teoría del conocimiento, cabría preguntarse acerca de algunas cuestiones que podrían ofrecer algo de luz en el penoso espectáculo que estamos viviendo a propósito del sarao off shore: ¿Acaso la realidad y la verdad no existen sino como construcciones sociales? ¿La realidad social no es en el fondo, tan solo una creación lingüística? ¿Adquiere valor de verdad tan solo aquello que puede ser demostrado por métodos científicos (sea ello lo que fuere)? ¿La verdad y la mentira existen como valores objetivos (reales) más allá de nuestra percepción subjetiva? ¿Las espinacas es mejor rehogarlas con un poco de vino blanco?

¡Pardiez! interesantes cuestiones todas ellas.

En otro momento de la película de Herzog, Kaspar Hauser narra un sueño:
“Una caravana de camellos parsimoniosos atraviesa el desierto. En un momento dado, la caravana se detiene. Al parecer, en el horizonte, una cadena de infranqueables montañas se interpone en su camino hacia la ciudad a la que se dirigen. En ese momento, ante la algarabía generalizada, un viejo camellero ciego que ejerce de guía de la caravana, desciende de su montura, se agacha, toma un puñado de arena, lo huele, se lo lleva a los labios… y dictamina categórico: “sigamos en línea recta y llegaremos a nuestro destino. Esas montañas sólo existen en nuestra imaginación”

¿Hasta que punto son verdad los espejismos? ¿Hasta que punto lo de Panamá son simples señuelos, cebos que llevaban pudriéndose más de veinte años y que ahora sacan a pasear, vaya usted a saber con qué aviesas y oscuras intenciones?

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