La Veranda de Rafa Rius
Ahora que se cumplen 35 años de la intentona golpista del 23 de febrero de 1981, comenzamos a tener la distancia histórica suficiente como para entender algo de lo que pasó. A pesar de los hectólitros de tinta que se han vertido sobre el sufrido papel para explicarlo, cada año siguen apareciendo nuevas interpretaciones cuya tónica general es permanecer en la anécdota y evitar entrar en el fondo y el trasfondo del asunto.
Lo que las apariencias nos muestran es que el diseño del golpe fue una gran chapuza y su puesta en escena, una chapuza todavía mayor. Parece una obviedad el establecer su fracaso sin paliativos. Yo no estaría tan seguro. Desde una cierta perspectiva podríamos concluir que el golpe fue un triunfo en toda regla y que sus autores intelectuales consiguieron todo aquello que se habían propuesto. Veamos.
De un lado, las fuerzas que en aquellos momentos detentaban el poder real -económico, por supuesto- necesitaban deshacerse de la rémora de los restos de la estructura política y militar del franquismo más recalcitrante que suponía un serio obstáculo a sus propósitos lampedusianos de cambiar las apariencias para adecuar el marco político a sus objetivos de negocio, como pudimos comprobar poco después del supuesto “golpe”, tras la prevista subida de los “socialistas” al poder, para hacer todo aquello a lo que no se habían atrevido con un gobierno de derechas.
De otro lado, para que el montaje resultase creíble, era necesario arroparlo con la retórica de una defensa decidida de la recién estrenada Constitución “democrática” así como de la pertinencia de mantener y defender una monarquía que aseguraba esos valores -no fuese a ser que algunos desalmados, aprovechando la cobardía del rey, que el día de autos no dio la cara hasta que todo estuvo atado y bien atado, comenzasen a hablar de una 3ª República.
Así pues, tras el adecuado manejo de unos tontos útiles -militares, por supuesto- para que les montaran el numerito, esos poderes reales, se centraron en elaborar una estrategia que les asegurara a largo plazo la defensa de sus intereses. Esa estrategia era vieja, pero siempre había funcionado: el miedo.
Triunfó porque instaló ese miedo en nuestros cuerpos y en nuestras mentes, de tal manera que a partir de ese momento ya no hicieron falta tropas que se levantaran en armas. Si queríamos preservar la sagrada democracia, deberíamos portarnos bien y aceptar de buen grado los sacrificios pertinentes para mantener el statu quo “democrático”. Así pudimos asistir, atónitos pero resignados, a la creación de los GAL, el cierre de la siderurgia en Sagunt, la reconversión industrial, las privatizaciones, la entrada en la OTAN… Si a ello le unimos un mundial de fútbol para acabar de distraer al personal, la jugada quedó perfecta.
Tras la muerte de Franco, parecieron abrirse muchas perspectivas de transformación social. Ingenuos como éramos, creímos que la utopía estaba algo más cerca. La opereta bufa de Tejero y sus colegas vino a poner las cosas en su sitio. La estrategia del miedo demostró ser el arma más adecuada en la lucha contra las movilizaciones sociales de todo tipo.
Tras treinta y cinco años de aciagos avatares, el miedo sigue siendo la mejor y más silenciosa arma de destrucción social masiva. Luchar contra él sigue siendo una cuestión tan urgente como prioritaria.









































Un Comentario
Bueno, sí, el miedo, la típica jugarreta de aterrorizar a la población, salvo a los «bienpensantes» (es decir, a los que siguen a pies juntillas las órdenes de la autoridad competente, aunque les ordenen las más abyectas y criminales y genocidas acciones, puesto que ellos, los buenos, los que nada tendrían que temer, son los «bienpensantes»). Todo esto fue así.
Y todo esto, en mayor o menor medida y con las mismas u otras características, sigue siendo así; no sólo consiste en dar sustos a la población (salvo a esos «bienpensantes»), sino que consiste, sencillamente, en pisotear, vulnerar, violar o exterminar todos los derechos humanos, derechos civiles, libertades políticas, etc. que sean menester para que nunca jamás se pueda llegar a la democracia y para que siempre se siga dentro del régimen del poder económico, de las multinacionales, de todo tipo de mega-corruptores, etc.
Así de simple es.