La Veranda de Rafa Rius
Hablaba Javier Krahe en uno de sus temas, con genial sarcasmo, de un ahorcado al que se le permitía escoger la soga. Todos nosotros somos en alguna forma esos ahorcados a los que les es dado elegir el tipo de cuerda con la que van a ser colgados. Eso sí, nadie se plantea ni por lo más remoto la posibilidad de que podamos escapar al linchamiento. Vivimos instalados en una ficción virtual de libertad que nos embauca con el espejismo de nuestra capacidad de elección cuando en realidad ya tenemos previamente designados los momentos y lugares de nuestra tan lenta como ineludible inmolación. En cualquier caso, disfrutamos del consuelo de ser nosotros los que accionamos el mecanismo de apertura de la trampilla bajo nuestros pies.
En una situación tal que así, nos hemos convertido en meros espectadores de nuestro entorno y nuestra capacidad de actuar sobre él va desapareciendo progresivamente. Si en el campo de lo político intentan por todos los medios que nuestra actuación se remita y limite a depositar nuestra papeleta en la urna cada cuatro años, para alimentar la ficción democrática, en el resto de campos de lo social, la perspectiva no es mucho mejor. Cualquier sentido crítico, cualquier sentido comunitario, ha ido difuminándose ayudado por las ficciones de felicidad asociada al consumo. En este contexto, la televisión deviene la lámpara mágica que nos ofrece la visión alucinada de los bienes previamente seleccionados por el sistema de Mercado vigente, para conseguir que nos aislemos de nuestro entorno de intereses reales y nos convirtamos en unidades indiferenciadas en el interior de lo que Debord denominaba “muchedumbres solitarias”.
Intentan denodadamente que confundamos lo permitido con lo posible como si fueran términos sinónimos. En un contexto de comunicación unidireccional sin ninguna oportunidad de interactuar, en el que estamos constantemente relegados a la función de meros receptores de aquello que nos quieren contar, se trata de que creamos que lo que nos es graciosamente permitido, agota las potencialidades de lo posible. Todo está enfocado a que no seamos conscientes de que podemos hacer mucho más, de que hemos vivido claramente por debajo de nuestras posibilidades. Y lo triste es que da la sensación de que lo están consiguiendo.
Imaginemos una situación. Una persona sentada frente al televisor se aburre como una ostra sin perla. Al cabo de un rato se levanta, va hasta la cocina, abre una bolsa de snacks y coge una cerveza de la nevera. Vuelve a sentarse, vuelve a aburrirse. En un momento dado, se tumba sobre el sofá y se queda mirando al techo con la cabeza llena de banalidades.
¡Lo conseguimos: ese ya es de los nuestros!








































