La Veranda de Rafa Rius
“En todos los tiempos, los pueblos al igual que las personas se han contentado con palabras. Casi invariablemente les basta con las apariencias; no piden más. Es posible crear instituciones ficticias que respondan a un lenguaje e ideas igualmente ficticias…»
Nicolás Maquiavelo
Si partimos de la base de que los elementos que conforman la conciencia son históricos, relativos y sometidos a multitud de paradojas, concluiremos que las palabras presentan diferentes significados en función del contexto y de los intereses de quienes las utilizan.
Paz, Seguridad, Libertad, Igualdad, Revolución, Progreso, Democracia, Derechos Humanos… Resulta tristemente comprobable que, dentro de un contexto electoral, uno de los primeros damnificados es el lenguaje y la colonización de ese lenguaje es una práctica política que va ligada a la totalidad de los partidos que se presentan, porque obtener el mejor resultado posible implica apropiarse de la palabra de los otros, construyendo una suerte de fascismo cultural colmado de eufemismos, que determina las comunicaciones y las prácticas políticas.
Así, las víctimas -para nada inocentes- observamos atónitas cómo las palabras son institucionalizadas e integradas en el discurso oficial pero vaciadas del contenido y significado original, dejándonos desprovistos de palabras emancipadoras y envueltos en una larga lista de trampas semánticas que impiden luchar por cambiar la situación desde dentro de un Sistema controlado por los amos de la palabra.
Por ello, las elecciones terminan justificando y reforzando el antiguo orden político – lingüístico bajo nuevos nombres y discursos supuestamente libertadores. Resulta tan relevante como rentable para el Estado, el apropiarse de las palabras de disidencia y rebeldía para cambiar su significado original, integrándolas en el lenguaje oficial; una vez vacío de contenido el nuevo discurso, queda neutralizada la resistencia desde el mismo lenguaje mediante la construcción de instituciones ficticias dotadas de una retórica de artimañas, siempre dentro del juego léxico de los Mercados, utilizando una terminología que sólo pretende enmascarar y hacer más digerible el asunto, convirtiéndonos así en desahuciados de nuestro propio lenguaje.
Hay que tener en cuenta que los seres humanos somos ante todo animales lingüísticos, siendo el lenguaje el instrumento de conocimiento que hace posible la apertura hacia aquello que llamamos realidad, lo cual implica en cierta medida su posibilidad de transformación a partir de la interpretación de cuanto nos rodea, en un espacio de interacciones subjetivas dotadas de algún sentido en el que poder reconocernos y desenvolvernos. Aunque ello suponga que, si es instrumento de conocimiento, lo pueda ser también de manipulación.
Las condiciones materiales facilitan, pero no determinan las potenciales respuestas frente a una urna, por tanto el éxito de un proyecto político a la hora de generar adhesión frente a una cita electoral radicará en la capacidad de articular un discurso seductor y movilizador de sus nichos electorales (p. ej. : en el caso del PP, voto rural y mayores de 60) y no tanto de su programa o de su actuación en legislaturas anteriores.
En otros casos, la utilización y popularización de términos claramente peyorativos como “casta” o “Régimen del 78” por parte de partidos que reivindican ocupar “la centralidad del tablero” pone de manifiesto una estrategia dirigida no a provocar una reflexión crítica, sino en todo caso a generar una determinada desafección encaminada a un objetivo único y concreto: robarle votos a los partidos de lo que previamente han etiquetado como “la casta”.
Según Foucault el poder se basa en la capacidad de seducir (digamos en este caso, en la habilidad para vender humo).








































