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La cuadratura del círculo (con la A dentro)

La Veranda de Rafa Rius

veranda00Tal parece que aquellos que pretenden acomodar las estructuras políticas a los tiempos que corren, en cuestiones de geometría estratégica han optado por dar un giro de 90º ( o de 180º, o incluso de 360º para volver al mismo sitio del que partieron) y han cambiado la secuencia horizontal -izquierda derecha- por la vertical -los de arriba y los de abajo-. En un contexto tal que así, la figura de referencia es el círculo, ese polígono cuyo número de lados es infinito y delimitado por una circunferencia cuyos puntos están todos a la misma distancia del centro. Está muy bien lo de la equidistancia, el problema es que haya un centro. Recuerdo de mis tiempos escolares que cuando trazaba un círculo con un compás, siempre me quedaba un agujerito en el papel que marcaba el centro. Y ese es el agujerito por donde se cuelan todas las pretendidas “horizontalidades”. No puede haber una estructura política horizontal mientras exista un centro (una persona o un núcleo de personas) como punto de referencia ineludible para todos los habitantes del círculo. Mientras exista un centro que controle la toma de decisiones, todo lo que a partir de ahí se articule, no será sino retórica de la más barata.

Por lo que se refiere a la simbología anarquista (los símbolos nunca son inocentes) el círculo con la A inscrita en él implica la ausencia de un centro por lo que la vertebración de todo aquello que ocurra en su interior será necesariamente más compleja. A pesar de que todos los pensadores históricos del anarquismo (Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Malatesta…) siempre han puesto de relieve en sus escritos la necesidad de organizarse como condición previa y sine qua non para caminar hacia una sociedad libertaria, el tema de la estructuración armónica del movimiento anarquista siempre ha sido una tarea ardua y llena de suspicacias y malentendidos. Excepto en el caso de los sindicatos anarcosindicalistas y teniendo en cuenta que -a pesar de la confusión existente en muchos momentos históricos- anarquía no es sinónimo de anarcosindicalismo y que los campos de actuación del anarquismo van mucho más allá de la lucha obrera, los que amamos la acracia, nunca hemos sabido dotarnos de una organización que, sin coartar nuestra libertad de pensamiento y acción individual, nos permita sentirnos partícipes de un proyecto común.

Últimamente se están dejando oír voces diversas con un elemento común: la pertinencia de plantearse aquí y ahora cual pueda ser el espacio político de la anarquía y como articular ese espacio de manera que nos provea de una voz común sin que eso suponga en ningún caso una superestructura alejada de la realidad ni por supuesto nada que huela a élite de vanguardia. Siendo así, no tendría por qué interferir en nuestro trabajo sindical, cultural, en ateneos, centros sociales autogestionados… sino bien al contrario, debería servir para potenciar nuestra capacidad de acción actual.

En un año tan saturado de elecciones como el 2015, da la impresión de que los que no estamos por participar en la eterna y cansina farsa parlamentaria, no tenemos nada que decir. ¡Cuantas veces tendremos que escuchar en los próximos meses el tópico embustero de: “si no votas no tienes derecho a opinar”! Pues bien, como sabemos que no solo no es así sino que, precisamente por no participar en la farsa del teatrillo electoral y no estar condicionados por tanto por intereses espurios, es por lo que podemos hablar del contexto social en que vivimos con un mayor distanciamiento crítico.

Frecuentemente se ha acusado al anarquismo de no ser propositivo, de limitarse a denunciar lo que está mal, sin proponer dinámicas concretas de avance en el camino hacia una sociedad libertaria. En ese sentido, quizás sería bueno que fuéramos capaces de romper el círculo que encierra la A y abrirnos a otras realidades organizativas que, sin renunciar en ningún caso a las bases esenciales que han hecho reconocibles nuestras ideas a lo largo del tiempo y olvidando viejas rencillas insustanciales, nos permitiera abrirnos a otras realidades sociales que, coincidiendo en lo sustancial, se unieran a nosotros y nos permitieran ser más fuertes para recorrer juntos el largo camino hacia la anarquía.

Si consiguiéramos algo así, si que habríamos logrado la aparentemente imposible cuadratura del círculo.

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