La Veranda de Rafa Rius
“Todo necio confunde valor y precio”
A. Machado
Érase una vez un tiempo histórico y un Estado en que la política malvivía totalmente subordinada a la economía. En él, los políticos, voceros de sus amos financieros, multiplicaban sus homilías intentando convencernos de que viajábamos todos en el mismo barco y por tanto, lo que era bueno para unos lo era también para los demás. La macroeconomía y la microeconomía no eran sino las dos caras de una misma moneda: si las previsiones de crecimiento aumentaban en una décima o si la subida de las cifras del paro era algo menor que en el mismo mes del año anterior, suponía motivo suficiente para lanzar todas las campanas al vuelo, proclamando alborozadas que la “crisis” no era sino un mal sueño perdido en las brumas del pasado. No importaba que allí y entonces, ocho de cada diez jóvenes menores de 25 años no tuviera trabajo, que el noventa por ciento de los contratos fueran precarios y a tiempo parcial, que un tercio de la población se situara por debajo de los índices de pobreza o que la malnutrición infantil avanzara implacablemente. Eso, al parecer, carecía de importancia comparado con el descenso de la prima de riesgo, los beneficios de la Bolsa o el aumento de las exportaciones. Y si, llevado por su afición al disparate, a algún adepto de lo micro se le ocurriera citar el caso de la Sra. Irene que con 250€ al mes tiene que mantener y cuidar a un hijo discapacitado o el de Genaro, parado de larga duración que se ha quedado en la calle con su familia tras un desahucio fulminante, no sería sino un populista y un demagogo que intentaba socavar los cimientos de nuestra bendita sociedad del bienestar. Una sociedad que nunca existió excepto para los de siempre, pero que es utilizada como referente utópico para camelar al personal con una interesada confusión entre lo grande y lo pequeño que no pretende sino ocultar que a los que nos gobiernan, a pesar de sus proclamas triunfalistas, nuestros problemas cotidianos les traen sin cuidado. Así, haciendo gala de un surrealismo macabro, personas con sueldos de cientos de miles de euros se empeñan en explicarnos, engreídos a la par que piadosos, como se puede vivir con 400€ al mes, mientras ellos defraudan a Hacienda y nos roban lo que pueden, siempre desde la más virginal inocencia y la más absoluta impunidad.
Teniendo en cuenta que, a pesar del empeño de los cientos de sectas -empezando por la católica- que se obstinan en vendernos la burra de paraísos siempre situados en el “más allá”, nuestras goces y alegrías así como nuestros problemas más reales y cotidianos, están siempre situados en el “más acá”, y ante la evidencia, sobradamente contrastada y asumida, de que el único destino común a todos los seres vivos de este planeta es la muerte biológica, los que nos gobiernan insisten en presentarnos un tendencioso relato de lo que hay, revestido de una pátina de color de rosa. Y si cuela, cuela. A pesar de lo cual, nunca acabamos de ver la correlación entre el descenso de la prima de riesgo o el aumento de unas décimas en el PIB con la mejora real de nuestras condiciones de vida. Pues bien, bueno sería no dejarnos seducir por las trampas del lenguaje fulero con el que nos mienten a diario, dejarnos de cifras macroeconómicas y otras zarandajas perfectamente prescindibles y centrarnos en lo micro, en las pequeñas y grandes cuestiones de nuestra vida cotidiana, en luchar por mantener nuestra dignidad y mejorar esas condiciones de vida de la gente, empezando por la que nos rodea.
En la economía de mercado capitalista, la tarea prioritaria de los políticos en el poder siempre consistirá en ocultar las crecientes relaciones de explotación y la precarización progresiva de las condiciones laborales tras la humareda de unas cifras macroeconómicas convenientemente manipuladas que en todo caso, sólo sirven para enmascarar -con la colaboración interesada de los llamados “agentes sociales”- una situación degradada y degradante en la que la lamentable situación de una mayoría sustenta la codicia estéril de una minoría de necios privilegiados que confunden el ser con el tener.








































