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Polípolis y la sociedad del espectáculo

La Veranda de Rafa Rius

“Todo lo que una vez fue vivido directamente se ha convertido
en una mera representación” Guy Debord.

Vivimos en Polípolis. Polípolis es la ciudad de la dispersión. Nada permanece suficiente tiempo ante nuestra mirada para ser y dotarse de una sustancia determinada. Todo parece estar de paso, todo transcurre en un inacabable devenir impenetrable del que no conocemos origen ni destino.

En medio de la fuerte corriente que arrastra los días, un amplio abanico de opciones diversas simula abrirse frente a nuestra mirada alucinada. Pero esa variedad de propuestas que aparece ante nosotras, que parece ofrecernos una multiplicidad de opciones de elección, es en realidad una farsa, es mentira.

Polisemántica, polihermenéutica, polimórfica, ¡polihostias!

Nuestro aparente libre albedrío no es más que otro engaño encaminado a seducir y secuestrar nuestra voluntad. Situadas ante una encrucijada, se trata de que creamos tener diferentes caminos por los que optar cuando en realidad ya tenemos marcado inexorablemente el que debemos seguir. Somos ovejas que creen ser libres al elegir entrar en el redil.

En cualquier caso, lo que sí cambia en función de las distintas idiosincrasias y sensibilidades de los diferentes territorios y culturas, es su envoltura, la forma de presentar los mecanismos de sumisión con los que nos cautivan (nos hacen cautivas mediante la fascinación) y nos venden la burra.

En la Inglaterra victoriana de Lewis Carroll, la representación consistía en explorar el panorama que se abría al otro lado del espejo con su realidad paralela e invertida de un mundo al revés. Por estos pagos ibéricos, tal parece que somos más de tragicomedia. En ese ámbito impropio y lunático al que llaman España, en estos momentos parecen haber redescubierto una forma ancestral de presentarnos el espectáculo del gran teatro del mundo: se llama esperpento. Valle Inclán ya nos lo había recordado: la realidad situada frente a un espejo deformante produce el esperpento y nos devuelve paradójicamente una imagen mucho más ajustada de lo que hay.

En este gran carrusel esperpéntico todo es posible: fiscales que ejercen de defensores y solicitan la libre absolución de los acusados, banqueros que entran y salen de la cárcel en el espacio de unas horas después de haber concedido créditos millonarios sin avales a presidentes de la patronal insolventes y ladrones o haber comprado bancos en Florida desde su propia entidad en quiebra; infantas de moralidad intachable puestas en entredicho por haber supuestamente vendido con DNI falso, improbables propiedades que nunca fueron suyas, policías condenados por torturadores que gozan de total libertad merced al indulto de unos gobiernos sobradamente comprensivos con sus debilidades… una lista inacabable de entremeses y sainetes de género bufo y negro que configuran los esperpentos con los que intentan distraer nuestra atención, mostrándonos la vida como una simple representación en esta maldita sociedad del espectáculo, mientras esperan la llegada de las próximas elecciones que les permitan, mediante el sumiso cheque en blanco de nuestro voto, seguir aupadas al carro del poder y sus prebendas.

En Polípolis prevalece la lógica de lo absurdo. Lo que parecería razonable resulta altamente improbable y aquello más insensato es lo que más probabilidades de verosimilitud acaba adquiriendo. Entretanto, las conjeturas más disparatadas y los temas más banales ocupan desorbitados espacios y tiempos en los medios de formación, mientras las posibles soluciones a los problemas acuciantes languidecen olvidadas hasta por las propias víctimas del estropicio.

Guy Debord nos recordaba que, dado que el mentiroso se miente a sí mismo, lo verdadero no es más que un momento de lo falso. Teniendo en cuenta nuestra aceptación pasiva y sin réplica del monopolio de la palabra, consumimos imágenes y discursos que provocan comportamientos hipnóticos.

Y una vez hipnotizadas, el espectáculo se ha erigido en el guardián de nuestros sueños.

Dicen que en Polípolis empieza a haber minorías de cambio significativas que comienzan a hacer oír su voz con fuerza. El problema es que la inercia espectacular del esperpento es tan grande, su control de los medios de adoctrinamiento tan absoluto, que para cuando hayamos conseguido pasar al otro lado del espejo deformante, estaremos todas calvas.

\ Segueix-nos/

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