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La paradoja de la fragmentación del discurso único

La Veranda de Rafa Rius

Hagamos un poco de Historia. Durante el periodo de construcción de las identidades nacionales europeas en el siglo XIX –Grecia, Alemania, Italia- los historiadores participaron activamente en la gestación de relatos en su mayor parte legendarios, (no olvidemos que estábamos en pleno Romanticismo) destinados a fortalecer los estados emergentes y sus grupos dominantes así como a forjar mitos fundacionales que aseguraran su pervivencia. Algunos de estos mitos patrióticos comenzaron a trasmitir una visión del mundo y la Historia, unívoca y unidireccional. En aquel momento, la idea de la felicidad humana aparecía indisolublemente ligada a la idea de progreso y éste, al ascenso y consolidación del régimen burgués y el sistema de producción capitalista como único paradigma posible de desarrollo social y modernidad.

El camelo de la idea de progreso como panacea que curaría todos nuestros males sociales devino discurso único y paradigma incuestionable, penetrando incluso en organizaciones obreras libertarias que no entendían que así concebido, sólo garantizaba una “progresiva” explotación.

Demos un salto en el tiempo: tras setenta largos años de fracaso de la idea de progreso social fundamentado en dictadura política y economía estatal centralizada basada en el marxismo-leninismo, en 1989 cae el Muro de Berlín, símbolo de toda una forma de entender las relaciones sociales y políticas y que parecía asegurar una cierta dualidad de perspectivas entre el Capitalismo sin Estado preconizado por Wall Street (yo ya me autoregulo…) y el Capitalismo de Estado del autoproclamado Socialismo Real (Papá Estado cuidará de ti…) cuando en último extremo suponían lo mismo, como hemos podido comprobar posteriormente en China.

Otro pequeño salto de eje y sigamos con la Historia reciente. A mediados de la década de los 90 y tomando como referentes conceptuales a Schopenhauer (El mundo como voluntad y representación) y Marcuse (El hombre unidimensional) Ignacio Ramonet, redefine la idea de pensamiento único en un editorial de Le Monde Diplomatique

En este artículo Ramonet hacía referencia crítica al panorama ideológico global posterior a la caída del muro de Berlín, momento a partir del cual, como si hubiese estado esperando el pistoletazo de salida, el economicismo neoliberal se había erigido en el único discurso aceptable por el poder, (el liberalismo capitalista es el menos malo de los sistemas posibles, solían decirnos a la sazón…) monopolizando la casi totalidad de foros periodísticos, académicos y editoriales y ganando para su causa a la totalidad de Estados situados tras el maligno y maltrecho “Telón de Acero” : a partir de ese momento, todos vivíamos felices en el denominado por los distintos “Think tanks” liberales –me temo que no sin cierto sarcasmo- “Mundo Libre”.

Esta prepotencia exclusiva y excluyente, impedía cualquier debate ajeno a sus estrechos límites. Para cualquiera al que le quedaran un par de neuronas en buen uso, esta ideología, adornada con toda una sarta de eufemismos y con pretensiones de intelectual y globalizadora, hacía patente la expresión de los intereses del capital financiero internacional. Sus principales rasgos definitorios eran la preeminencia y control del poder económico sobre el político y la consideración del mercado como el único medio y el mejor árbitro para una asignación eficaz de los recursos. Como corolario de estos dos pilares maestros, Ramonet ponía de relieve la globalización del capital (desaparición de fronteras económicas), la competitividad (imprescindible para sobrevivir en el mercado), la reubicación internacional de la fuerza de trabajo (para reducir los costes salariales), la consolidación de una moneda fuerte de referencia (consecuencia de la disciplina monetaria) y en general una tendencia a reducir el papel del Estado en todos sus ámbitos. Ramonet vaticinaba que se derivarían funestas consecuencias de la adopción generalizada de esta ideología y enumeraba una serie de fenómenos contemporáneos al artículo, que a su juicio desmentían la idea de que fuera una época de prosperidad provocada por la generalización de las creencias que él había englobado en la expresión «pensamiento único».

Era la época del “fin de la historia” y el “pensamiento débil”: puesto que la Historia había concluido sus inciertos avatares, ya no se hacía necesario pensar. Las escasas cavilaciones imprescindibles, ya nos las darían hechas: “tú trabaja, consume y olvida tus preocupaciones que yo ya, yo ya, me hago cargo y me ocupo de todo”.

Pues bien, Ignacio Ramonet y otros que en aquel momento analizaban la situación en un sentido similar, merecerían como mínimo formar parte de la lista de profetas bíblicos, ya que todas sus previsiones catastróficas se han ido cumpliendo inexorablemente.

A principios de los 90 en España, una vez acabada la que dieron en llamar 1ª Transición, paradigma y espejo en el que mirarse todas aquellas dictaduras que quisieran travestirse en democracias de un modo ejemplar, vivíamos en los albores de lo que se obstinaban en vendernos como ”la sociedad del bienestar” basada en el “compro luego existo” y en la subordinación del ser al tener.

Aquel espejismo, basado esencialmente como sabemos en el imperio del ladrillo como referente de negocio, duró poco más de una década. A principios de la década siguiente, en medio de la euforia del nuevo milenio, ya se veía claramente que la situación creada había devenido insostenible a medio plazo para el propio sistema, amenazando con su autodestrucción. No obstante, la codicia desmedida es ciega y lejos de buscar otras alternativas que no fueran la rapiña y el despilfarro del dinero público, convencidos de su impunidad, se empecinaron en mantener un discurso monolítico que nos ha llevado al estercolero por el que deambulamos perplejos en la actualidad.

En cualquier caso, ese discurso monolítico en el fondo, no lo es en las formas: para que resulte creíble y digerible, debe ser presentado de modo variopinto y fascinante. A la manera de un caleidoscopio que con un pequeño giro de muñeca altera la perspectiva y la composición de los pequeños cristales coloreados y ofrece a nuestra mirada alucinada insólitas y efímeras posibilidades de combinación que duran lo que tarda nuestra mano en efectuar un nuevo giro, los gurús del sistema nos presentan su discurso único envuelto en oropeles y perifollos que encandilen al personal y desvíen su atención de los temas que realmente les afectan. En esta estrategia fulera de seducción oportunista aparecen cada día nuevos charlatanes dispuestos a vestir la mona de seda para vendernos su mercancía averiada. “El mensaje es el medio” que decía Mc Luhan hace medio siglo. Si las tropecientas cadenas de televisión se han convertido en el vertedero donde convergen las más variadas propuestas de adoctrinamiento y sumisión, Internet avanza imparable como líder de las nuevas formas de alienación: más allá de conservar su carácter de herramienta comunicativa útil y versátil, parece que, a través de miles de mecanismos cibernéticos de alta sofisticación, aumenta imparable su utilización como bibelot totalmente prescindible y banal destinado a “distraer”, es decir, a distraernos de aquellos asuntos que realmente nos interesan y cuya relevancia podría poner en peligro la buena salud del “tinglao”.

Así pues, como si de un nuevo misterio de la santísima trinidad se tratara, el discurso es uno y múltiple a la vez, intentando crear la sensación de que hay una gran cantidad de alternativas disponibles cuando en realidad no hay ninguna. El discurso se cierra en espiral sobre sí mismo arrastrándonos a todos en su ruina mientras contemplamos encandilados la enésima vuelta del caleidoscopio que como ya razonaba Lampedusa, va cambiando algo en su intento tan denodado como inútil para que nada cambie.

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